martes, 31 de octubre de 2017

EL CENTENARIO DEL NATALICIO DE MONS. RAMÍREZ

EL CENTENARIO DEL NATALICIO DE
S.E.R. MONS. ANTONIO JOSÉ RAMÍREZ SALAVERRÍA

BENDICIÓN E INAUGURACIÓN DE LA BIBLIOTECA DEL 
SEMINARIO MAYOR "SAN PABLO APÓSTOL"


PBRO. ANTONY JOSUÉ PÉREZ
 31 DE OCTUBRE DE 2017

Este día histórico está marcado providencialmente por la persona del Obispo; celebramos el Centenario del Natalicio de S.E.R. Mons. Antonio José Ramírez Salaverría y el Décimo Cuarto aniversario de ordenación episcopal de nuestro Obispo, tercero en la Iglesia particular de Maturín, S.E.R. Mons. Enrique Pérez Lavado.

Por tanto, un día bastante propicio para desarrollar algunas líneas entorno a su ministerio y dejar, como es evidente, algunas florecillas a la memoria del Primer Obispo de Maturín, a quien seguimos sintiendo presente en el legado que sostienen las manos de Mons. Enrique Pérez.

Es inevitable no dejar en claro que para mí es una bendición darle este honor a la memoria de Mons. Ramírez, por eso no deja de ser un atrevimiento fuera de toda vanidad personal y, al mismo tiempo, un reconocimiento a quienes mejor que yo pudieran exponer una mejor síntesis de la vida y la herencia de quien para nosotros nunca dejará de ser el Padre espiritual de la Diócesis de Maturín.

Respecto a la persona del Obispo encontramos en las Sagradas Escrituras el famoso pasaje de San Pablo donde recomienda a Timoteo: “El que tiene este cargo ha de ser irreprensible... llevar una vida seria, juiciosa y respetable. Debe estar siempre dispuesto a hospedar gente en su casa; debe ser apto para enseñar, no debe ser borracho ni amigo de peleas, sino bondadoso, pacífico y desinteresado en cuanto al dinero... no debe ser un recién convertido, no sea que se llene de orgullo y caiga bajo la misma condenación en que cayó el diablo. También debe ser respetado entre los creyentes, para que no caiga en deshonra y en alguna trampa del diablo” (1Tim 3, 1-7).

San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir del siglo I dejó a los Filadelfios una carta donde se referirá al Obispo, a la santidad de éste y a la comunión en estos términos: “Sé muy bien que vuestro Obispo no ha recibido el ministerio de servir a la comunidad ni por propia arrogancia ni de parte de los hombres ni por vana ambición, sino por el amor de Dios Padre y del Señor Jesucristo... Procuren, pues, participar de la única Eucaristía, porque una sola es la carne de nuestro Señor Jesucristo y uno solo el cáliz que nos une a su sangre; uno solo el altar y uno solo el obispo con el presbiterio y los diáconos...”

La comunidad cristiana iba progresando en la conciencia de fe y del carácter apostólico de la persona del Obispo a quienes presenta el autor como garantía y signo visible de la comunión y la unidad, como un hombre llamado por Dios y constituido siervo por su voluntad.

El Decreto Christus Dominus del Concilio Vaticano II dice de los obispos: “Obispos, (...) puestos por el Espíritu Santo, ocupan el lugar de los Apóstoles como pastores de las almas, y juntamente con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, son enviados a actualizar perennemente la obra de Cristo, Pastor eterno. Los Obispos han sido constituidos por el Espíritu Santo, que se les ha dado, verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores. En el ejercicio de su ministerio de enseñar, anuncien a los hombres el Evangelio de Cristo, deber que sobresale entre los principales de los Obispos, llamándolos a la fe con la fortaleza del Espíritu o confirmándolos en la fe viva. En el ejercicio de su ministerio de padre y pastor, compórtense los Obispos en medio de los suyos como los que sirven, pastores buenos que conocen a sus ovejas y son conocidos por ellas, verdaderos padres, que se distinguen por el espíritu de amor y preocupación para con todos, y a cuya autoridad, confiada por Dios, todos se someten gustosamente”. (CD, 1. 12. 15-16).

El tesoro de la Escritura, de la Tradición y del Magisterio compone a manera de nota musical, perfecta, sonora y armónica el aspecto sacramental y pastoral de aquellos que “ocupan el lugar de los Apóstoles como pastores de almas... constituidos por el Espíritu Santo, que se les ha dado, como verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores”. (CD, 2).

En la persona de Mons. Ramírez, nacido el 31 de Octubre de 1917, hoy hace cien años, sin esperar ser lo que hoy constituye para esta generación y las que están por venir, se encarna sin altibajos lo que la Iglesia enseña del obispo. Mons. Antonio José nació para ser lo que hoy tenemos a simple vista: un cristiano ejemplar, un sacerdote y Obispo santo. Por eso, escribir sobre él, diría Ramón Felipe Rodríguez en el libro “La sabiduría del corazón”, es escribir historia. “Escribir sobre Mons. Ramírez es exigirse mucho, pues estamos hablando de un hombre integral, de un cristiano ejemplar, de un poeta y músico eminente de nuestro tiempo, de un sacerdote y obispo que vivió, sin ninguna duda, en olor de santidad. Monseñor fue un santo y toda su vida es un paradigma que fue construyendo otros, desde Cariaco hasta Maturín; su vida fue haciendo una larga historia que devela la labor de un verdadero pastor, de un sacerdote con olor a ovejas, de un hombre humilde y cercano, de un hombre bueno y sabio”

En el centenario de su natalicio diría, en palabras suyas: “no me queda otra alternativa que darles... a los vientos de la vida estas hojas secas de mi otoño”. Para ello hago uso de unos apuntes que vengo recogiendo desde aquel histórico sábado 28 de Junio de 2014, día de mi ordenación diaconal y día de la partida al cielo de Mons. Antonio José.  

“Mons. Ramírez, como todos conocimos y recordamos al primer Obispo de Maturín, ha dejado en la iglesia diocesana la imagen de un pastor anciano, venerable, sonriente y santo. Es natural describirlo por sus característicos y débiles movimientos a causa de la edad y producto de la enfermedad que padeció; casi alcanzó los noventa y siete años de edad. Sin embargo, su lucidez brillaba cual luz de lámpara; la sabiduría de sus comentarios, siempre cargados de símiles impregnados de belleza y sus predicaciones develaban su alma de niño, su fortaleza espiritual y su dulce amor por el Señor. La enfermedad no lo ganó, él ganó a la enfermedad y fue descubriendo el sentido salvífico del sufrimiento: Suplía en su carne lo que le faltó a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Cfr. Col 1, 24); especialmente por la iglesia particular de Maturín, a la que se entregó en cuerpo y alma hasta sus últimos días.

Su aparente debilidad no fue otra cosa que signo de fuerza, de una fuerza misteriosa y mística que desde su niñez impregnó su vida, sin embargo, estaba muy consciente del peso de sus años. Es característica aquella anécdota que se cuenta a testimonio del mismo Monseñor de cuando era niño: “le dio paludismo, fiebre infecciosa, anquilostomiasis y por último lechina, —prosiguió el Obispo— Mons. Sixto Sosa..., viéndome en aquel estado de debilidad... me envió donde un médico eminente de Cumaná, muy amigo de él... —que— le dijo: ¡Monseñor, ese muchacho no le va a durar mucho!”.[1] Jocosamente Monseñor presumía de su edad: “el que no iba a durar mucho”, decía,  lleva más de noventa años. Ahora diríamos, el que no iba a durar mucho, no sólo fue sacerdote, sino obispo fundador de la Diócesis y uno de los pocos vivientes, hasta 2014, del gran milagro del Papa San Juan XXIII, el Concilio Vaticano II.

La debilidad física contrastaba en anchura y profundidad con su fortaleza espiritual, que era mayor a sus limitaciones; dicha salud del alma lo sostuvo hasta que por razones de edad, según manda la ley de la Iglesia, dejó de ser el Ordinario de la Diócesis de Maturín para convertirse en Obispo Emérito; un obispo, como él mismo llegó a decir, “pasado por el filo”. Por el testimonio de muchos que le conocieron de cerca, su hermana Lourdes Ramírez, su sobrina Ilda —ambas fallecidas— y tantos otros, podemos decir con razón que su enfermedad se transformó en Cruz; “ni en la prueba socio-política ni en la enfermedad se —ha— turbado su alma”[2]. Supo recorrer su camino de sufrimiento con mucha paciencia; Monseñor no se quejaba por nada, de nada ni de nadie, al contrario, siempre era agradecido de Dios y de los numerosos gestos de cariño de la gente.

Aun en su ancianidad no representó para nadie una carga pesada que llevar. Sus días los pasó tranquilo, orando, meditando, entre su vieja máquina de escribir y su chinchorro. El santo Obispo padecía de un conformismo ejemplar, no exigía más de lo que, según él, basta para vivir. Sus años le eran suficientes, por eso solía decir: “El más robusto vive hasta ochenta” (Sal 90, 10). Sin embargo, él ya había pasado los noventa años de vida. Así que se mofaba, con su buen sentido del humor, de sus años: “Ilda se quedó en los setenta y yo estoy de ñapa”.[3]

Monseñor Ramírez no hizo de sus impedimentos físicos una polémica, ni siquiera escondió su debilidad. Por el contrario, sacó de su debilidad de anciano una fuerza espiritual y moral que cautivaba a niños, jóvenes y adultos. Sus padecimientos no le impidieron estar en medio de los suyos; cómo no recordar las multitudinarias Eucaristías que, ya siendo Emérito, seguía celebrando en ocasiones especiales en su Catedral, esa misma que nació, como él mismo llegó a decir en una entrevista, con el “signo de llenura” (todavía sin techo se celebraba la Misa en una Catedral repleta de fieles). El pueblo tampoco se distanció de él, simplemente todos querían saludar al Obispo de bastón, en Maturín y en cualquier otro lugar a donde asistiera.

Alrededor del Obispo enfermo, cansado y debilitado por los años siempre hubo demostraciones de afecto, deferencia y veneración. Sus sucesores, S.E.R. Mons. Diego Padrón y S.E.R. Mons. Enrique Pérez, actual Obispo de la Diócesis, el clero, los seminaristas, los religiosos, laicos, niños, jóvenes y adultos, generación tras generación, conocieron y quisieron a Monseñor Ramírez. Desde Cariaco, su tierra natal, a Margarita, la casa de la Virgen Del Valle y hasta los últimos rincones de su única y amada esposa a la que se entregó en cuerpo y alma: la Diócesis de Maturín, que seguía recorriendo a pesar de sus achaques de viejo. Estando yo de año de pastoral en la Catedral de Ntra. Sra. Del Carmen, el epicentro de la diocesaneidad, pude sentir muy de cerca estos sentimientos.

La presidencia de la Eucaristía me atrevo a describirla con aquellas palabras de la Escritura: “Así era cuando se ponía ropa de gala y llevaba ornamentos espléndidos; cuando subía al magnífico altar y llenaba de esplendor el atrio del templo; cuando, de pie junto a la leña, recibía de los otros sacerdotes las porciones, mientras los jóvenes formaban una corona alrededor como retoños de cedro en el Líbano. Lo rodeaban como sauces junto a un río, todos los descendientes de Aarón en su esplendor, llevando en las manos las ofrendas para el Señor, delante de todo el pueblo de Israel. Cuando terminaba el servicio del Altar, preparaba los sacrificios para el Altísimo, tomaba en sus manos la copa y ofrecía un poco de vino derramándolo al pie del altar, como olor agradable para el Altísimo, el Rey del universo... Cuando ... terminaba el servicio en el altar, habiendo ofrecido al Señor los sacrificios prescritos, bajaba del altar con los brazos levantados sobre toda la comunidad de Israel, y pronunciaba la bendición del Señor, alegre de poder invocar su nombre. La gente se arrodillaba una vez más para recibir de él la bendición” (Eclesiástico 50, 11-15. 19-21).

Monseñor a mediados de Junio de 2014 se sintió más débil y fue hospitalizado. El mismo que durante más de treinta y seis años sostuvo a muchos hijos, ahora es sostenido por los que aprendieron junto a él a hacer y enseñar las verdades fundamentales de la fe, la caridad y la fraternidad. Junto a él estuvieron siempre los que su paternal ministerio protegió con particular bondad. Diría el Padre Marcelino D’Arthenay: “Él es buen árbol y el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.[4]

Un buen árbol que dio mucho fruto y que, por regalo de Dios, tuvo la dicha de ver crecer y madurar. La Dama de sus pensamientos, la Catedral, es el símbolo de su gran obra y un monumento de su inmortalidad, la casa a la que todos iban para celebrar, junto a su Obispo, grandes solemnidades y fiestas. Durante su convalecencia, casi sin que nadie lo sospechara, Monseñor pasaba sus últimos días en una pequeña catedral: autoridades, el clero y muchos fieles junto a él como a manera de rosetones, devolvían en gestos de cariño y gratitud por su vida sacrificada y generosa en bien de la Iglesia y de tantos otros que en el camino aprendieron, junto a él, a no cansarse de ser buenos.

Cuenta la Sra. Herminia Ramírez, su sobrina[5], en una entrevista que le hice el pasado marzo de este año, que Monseñor estando hospitalizado, le hizo saber con una serena sonrisa una cosa, “que él estaba en las manos de Dios”. Monseñor tenía ya muy comprimido los pulmones. Por eso la familia, constatando su estado de salud, no se separó de su lado. En una visita que le hiciera un vecino le dijo: “el burrito ya se cansó”; haciendo referencia a su escrito, la canción del burrito de Belén. Unos días después, en la noche, dejó para nuestros gratos recuerdos y como testimonio unas de sus últimas frases: “¡Que árboles tan bellos! ... Súbanme al cielo”.

Monseñor falleció el Sábado 28 de Junio de 2014, Vísperas del Domingo, día de la Resurrección del Señor, sin duda alguna, en los brazos maternales de María, la dama de sus pensamientos: “porque Dama de mis pensamientos, has sido tú, Virgencita querida, que guiaste mis pasos hacia el Santuario, hacia el Sacerdocio y hacia el Pontificado y los guardas también hacia la eternidad feliz”[6]. Ahora puede experimentar, más allá del sol, la cercanía de su Madre, está junto a ella de corazón a corazón en la eternidad feliz. Ella ahora le cura con vendas de cariño, con ungüento de ternura y con el algodón de sus caricias maternales. Revestido de su santo escapulario, participa de las promesas dejadas de sus labios en el Valle del Espíritu Santo, librándolo del purgatorio y llevándolo al cielo. Ella,  la Bienaventurada Virgen María, medió por él según creyó que con sus intercesiones continuas, piadosos sufragios y méritos y especial protección, le ayudarían después de la muerte, principalmente el sábado, día a ella dedicado.

Estos últimos días de Monseñor entre nosotros trajo consigo el luto que es natural. Sin embargo su grandeza ha cambiado nuestro luto en danza, en gozo. Mons. Ramírez, el obispo más grande que su catedral sigue siendo “un libro abierto para que todo el que a él se acerque, beba de su misma fuente y sacie su sed”[7], que ahora, más allá del sol, sigue alegrando a su pueblo, haciéndolo entonar, como buen músico y poeta, versos de gloria a su Señor y a nuestra Madre la Virgen Del Valle. (Más allá del Sol, El paso a la vida eterna de S.E.R. Mons. Antonio José Ramírez Salaverría).



[1] MESTES M., Hacer y Enseñar, Archivo Arquidiocesano de Mérida, Noviembre de 2009, pág. 35.
[2] Ibídem, pág. 132.
[3] Entrevista exclusiva a Herminia Ramírez, 21 de Marzo de 2017.
[4] Padre Marcelino D’Arthenay en el libro: “Hacer y Enseñar” de Marielena Mestas Pérez, pág. 60.
[5] Entrevista a Herminia Ramírez, (Audio) 21 de Marzo de 2017.
[6] MESTES M., Hacer y Enseñar, Archivo Arquidiocesano de Mérida, Noviembre de 2009, pág. 110.
[7] Mons. Baltazar E. Porras, Arzobispo Metropolitano de Mérida en el libro: “Hacer y Enseñar” de Marielena Mestas Pérez, pág. 14.

lunes, 19 de junio de 2017

UN NUEVO KAIRÓS FORMATIVO

UN NUEVO KAIRÓS FORMATIVO

Pbro. Antony Josué Pérez
07 de Junio de 2017

Porque precisamente uno de los fines de la formación sacerdotal es hacer capaces a los candidatos de responder a los desafíos actuales y por venir, la Iglesia venezolana debe plantearse, seriamente, aprovechando la fuerza animadora de la nueva Ratio, entrar en esta “experiencia emergente” que, puede ser, como dice un sabio sacerdote jesuita, “sumergente”, si no se logra atender con discernimiento.
En otra ocasión he señalado que la causa de nuestros males (Cfr. Venezuela, entre la idolatría y la penitencia, cooperadordelsr.blogspot.com), entre otras cosas, es la idolatría y, evidentemente, el fracaso del sistema político que nos gobierna, socialista, populista, claramente marxista-comunista. Esta verdad no deja de ser una ocasión para “ensimismarnos” en la experiencia: introducirnos sin prejuicios, objetivamente, en la realidad, aun con la tentación del desaliento y del dolor por el claro panorama de sufrimiento, pero con la mirada puesta en Jesucristo, el único suficiente para descansar (Cfr. Mt 11, 28).
Es nuestro deber como pastores conducir a pastos verdes de verdad, justicia y libertad a nuestro pueblo. Los seminaristas son parte de ese pueblo que, junto a nosotros, sufre y padece; ellos también tienen hambre de respuestas. Como todos jóvenes siguen planteándose preguntas que, necesariamente, contribuirán a configurar su vida con la de Jesús, el buen samaritano, el buen pastor que da la vida por sus ovejas (Cfr. Jn 10, 11).
Del “ahora”, queramos o no, va a depender la formación de buenos pastores para nuestra Iglesia. No estamos viviendo un tiempo coyuntural cualquiera. La fe, desde la que siempre hemos de ver los acontecimientos, nos sugiere, bajo la lógica redentora del sufrimiento-salvación, que la catástrofe y el diluvio también pueden ser kairos, tiempo de Dios. La imagen del desierto es adecuada para tener una idea de esta propuesta: Cristo mismo fue empujado por el Espíritu al desierto para ser tentado (Cfr. Mt 4, 1); así comenzó su ministerio, como lo hemos iniciado tantos sacerdotes jóvenes; en tiempo de pasión. Precisamente en el “desierto” Jesús, el único y suficiente, vence al diablo y su propuesta falaz, adornada de superficialidad, retocada con la fuerza y el poder, siempre llamativo del mundo.
Los que tenemos la grave responsabilidad de formar tenemos el desafío de “informar” la experiencia de los aspirantes con la de Cristo. La ascesis diaria —entiéndase, adentrase profundamente en la realidad— puede permitir que los jóvenes, saboreando lo amargo de su entorno, conozcan de cerca la fragilidad del hombre y, teniendo una visión más sensible de la persona humana, hallen la línea esperanzadora e iluminadora que separa el pecado de la gracia, la resignación de la confianza y puedan saborear, entonces, lo dulce de la fuerza transformadora del Resucitado.
Más allá de recetas pragmáticas, a veces estrictas y poco aplicables, como vislumbrando la deuda de las Normas básicas sobre la formación en Venezuela, es urgente pensar en algunos criterios o líneas generales que ayuden a la conducción de la formación en este tiempo especial. Lo que fue la cripta donde se ordenó Juan Pablo II, signo de la cruda realidad en medio de la cual se consagró a Dios, debe ser el seminario hoy para nuestros seminaristas; signo de esperanza, una comunidad donde se encarne realmente el sufrimiento de nuestro pueblo, cual Cruz, que pueda hacer de los aspirantes y discípulos del Señor verdaderos mensajeros y apóstoles de un Cristo realmente encarnado, que pueda transformar sus vidas y la de nuestra gente.
Los cristianos arriesgamos precisamente en tiempos difíciles. Por eso, es conveniente, como en todo tiempo, formar verdaderos pastores, cercanos al pueblo, llenos de esperanza y, sobre todo, profetas. El profetismo de nuestros seminaristas y de nosotros los sacerdotes debe ser el aspecto característico de este tiempo en Venezuela (Cfr. El sacerdote venezolano, profeta de la esperanza, cooperadordelsr.blogspot.com). Esto exige, sobre todo, conversión, para empezar por cada uno y no perder el tiempo en segundas causas; necesario es ir a la raíz. Ello exige, además, una fe madura y bien cimentada de todos cuanto somos agentes pastorales.
Ahora es más urgente, sobre todo en nuestro País, la buena selección de los candidatos y el acompañamiento personal de nuestros seminaristas. Una formación virtual en estos tiempos sería una cruel traición al bien de la Iglesia y a la dignidad misma de cuantos con mucha valentía han dado una respuesta generosa a Jesucristo. La formación y ascesis espiritual es el fundamento de cuanto podemos aspirar y esperar y la formación académica, donde la Doctrina Social de la Iglesia encaja como lo que es, camino evangélico para iluminar a la sociedad, tiene un lugar imprescindible. Sin agotar la riqueza de la formación sacerdotal y sin yuxtaponer sus dimensiones, tenemos la oportunidad de fortalecer los seminarios y hacer de nuestra comunidad de formación, cada día más, modelo de vida cristiana que reproduzcan y continúen la vida y acciones de la comunidad de los Doce con su Señor.
No pueden olvidar los seminaristas y ninguno de nosotros que la Iglesia es el lugar de la esperanza y que los poderes del infierno no prevalecerán contra ella. En medio de tanta calamidad la Iglesia permanecerá segura y firme, porque está construida, edificada, sobre la Roca. Tampoco olvidemos que estamos llamados a “dar la vida” (Jn 10, 10), a consumirnos totalmente y a abnegarnos con tenacidad, sin llamar la atención y sin sensacionalismos. Somos sal y luz del mundo, procuremos, pues, que la luz brille delante de la gente (Cfr. Mt 5, 13-16). Recientemente el Papa Francisco ha dicho que los cristianos no somos ni de derechas ni de izquierdas; precisamente ese es uno de los desafíos; seamos cristianos de Jesús, discípulos consecuentes y cooperadores del Señor (Cfr. 2Cor 6, 1).


domingo, 30 de abril de 2017

DEJAR QUE LA LUZ BRILLE

DEJAR QUE LA LUZ BRILLE
Pbro. Antony Josué Pérez
30 de Abril de 2017

Los acontecimientos de los últimos días en nuestro País nos informan que la situación es cada vez más delicada. No parece haber forma de que los actores políticos se puedan sentar a negociar o a acordar una solución que, necesariamente debe ser pacífica, constitucional, democrática y electoral. El gobierno, de por sí deslegitimado popularmente, en su afán de poder y fidelidad a un sistema fracasado y que sólo ha traído odio y división a nuestro País, no renuncia a su talante autoritario y dictatorial. La oposición, ahora, presionada por el ardor popular, de las mayorías, parece echar a suerte todo por rescatar lo que desde hace varios años estaba perdido: el Estado de derecho.
Tal vez esta posición, cierta y evidente para cualquier mortal que sufre y vive de cerca la realidad venezolana ganará el desprecio de los actores oficiales, actitudes soberbias propias de ideólogos marxistas, socialistas y comunistas como tantos en Latinoamérica. La autocrítica, que de por sí no les gusta a los sistemas comunistas, no tiene lugar desde ningún sector, justamente, por su carácter dictatorial: en Venezuela se hace sólo lo que el gobierno disponga, aun en contra de la voluntad de la mayoría o sin importar que las medidas transgredan la constitución o sean materia de delito, lo importante es mantener el sistema.
Aun así, en atención a nuestras conciencias y principios no podemos callarnos; eso representaría una especie de cobardía inhumana o falta de sensibilidad al grave sufrimiento de nuestro pueblo. Como cristianos y ciudadanos de este País no podemos dejar pasar la oportunidad de hacer que la “luz de Cristo brille” en medio de las tinieblas, densas, de nuestra ignorancia. Como llegó a decir Mons. Romero, mártir de El Salvador, “Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado”. Precisamente por eso, especialmente nosotros los pastores estamos llamados a no abandonar a nuestro pueblo a la suerte de los que se han apartado del camino del bien y de la democracia.
Es un gran desafío acompañar al pueblo civil y pacífico en un ambiente tan hostil, militarizado y lleno de persecuciones y amedrentamiento. Pero el Señor nos ayuda y no quedaremos confundidos, por eso, hay que endurecer el rostro (Cfr. Is 50, 4-7) con la determinante decisión de renunciar a cualquier cosa, lo que sea, sin fanatismos estériles, sino con la convicción y el espíritu de los profetas, por un bien mayor que es la paz de nuestra patria. Nadie ha dicho que sea fácil el sacrificio, pero este nos alcanzará la libertad definitiva.
Después de este largo desierto llegaremos a la patria de la libertad. Tendríamos que desear con esperanza vivir en un país donde nunca más el gobierno, de izquierda o de derecha, se crea dueño del Estado, del País o de la Patria. Estos años no ha sido otra cosa que un grave error de nuestras débiles aspiraciones. Pues, luchar por la libertad y las reivindicaciones son aspiraciones válidas, pero no como lo hicieron los caudillos asesinos y delincuentes como "Che" Guevara y Fidel Castro. No más que Bolívar y otros próceres nos han dejado mejores caminos y políticas más convincentes. No basta querer asegurar la soberanía y la independencia si no optamos por caminos verdaderamente transitables; estos principios no se aseguran imponiendo sistemas personalistas, ateos y de poder que sólo anulan la democracia y la paz, promoviendo odios y divisiones como muy bien lo saben hacer los populistas.

Seguimos necesitando grandes líderes, buenos políticos, de principios éticos y morales, demócratas y sobre todo cristianos que puedan reconducir a nuestro País a lo que debimos ser siempre: Una Patria libre. Extendamos el bastón de la fe para que nuestro pueblo pase por los caudales de la esclavitud a la tierra de la libertad y no olvidemos que Venezuela está consagrada al Santísimo Sacramento. Amén.

jueves, 9 de marzo de 2017

LA SENSIBILIDAD DEL PASTOR

LA SENSIBILIDAD DEL PASTOR

 Pbro. Antony Josué Pérez
09 de Marzo de 2017

La Formación Sacerdotal, según los documentos de la Iglesia, debe procurar que los discípulos candidatos al ministerio ordenado se configuren de tal manera con el Señor que estén en comunión con sus mismos sentimientos y actitudes (Cfr. PDV, 57; Fil 2,5). En otras palabras, se trata de asegurar una verdadera sensibilización del sacerdote y del futuro pastor.

Las Sagradas Escrituras nos dejan muchos pasajes donde Jesús muestra la caridad del Pastor: un denominador común en cada historia es el encuentro compasivo entre el que sufre y el Señor. “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” (Lc 17, 13), le gritaron los leprosos camino a Jerusalén. Mientras recorría los pueblos enseñaba y curaba; al ver a la gente “sintió compasión de ellos” (Mt 9, 36). La misericordia va permeando el ministerio de Jesús: perdona los pecados (Mc 2, 5), cura a los enfermos (Mt 12, 9-14).

De tal manera que es Jesucristo el modelo más fiel de la sensibilización. Ello supone, además, la cercanía, la atención y el acompañamiento del Maestro. Justamente llamó a los apóstoles “para que estuvieran con Él” (Mc 3, 14), para que, entre otras cosas, se sintieran seguros con Aquel que experimentaba ya la pobreza: no tenía siquiera donde recostar la cabeza (Lc 9, 58). El Señor trama una relación marcada por la ternura: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus pollitos bajos las alas!” (Lc 13, 34).

Familiarizarse con el Señor es necesario para el discípulo que quiere parecerse a Él, que desea ser pastor de almas, que quiere dar la vida por las ovejas (Jn 10, 11). Ello implica iniciar ese proceso de aprender a “ser humano”. La sensibilización consiste justamente en ser humano, capaz de entender el problema y las debilidades del otro, tener compasión del semejante (Cfr. Heb 5, 2), hacerse buen samaritano (Lc 10, 25-37), capaz de detenerse y curar las heridas del que necesita.

Hoy, como siempre, hacen falta muchos sacerdotes, pero que, sobre todo, sean sensibles, compasivos, tiernos; tan humanos y llenos de bondad como Jesús. No puede ser el formando, y más, el consagrado, una dura roca, seca, áspera, que solo golpea y hiere. No pueden ser seres egoístas, incapaces de renunciar a sus propios intereses, a su tiempo y comodidades los que optan por el ministerio sacerdotal, pues, precisamente el ministro es imagen del Buen Pastor.

¡Danos, Señor, un corazón como el tuyo!




martes, 10 de enero de 2017

EL SACERDOTE VENEZOLANO, PROFETA DE LA ESPERANZA

EL SACERDOTE VENEZOLANO,
PROFETA DE LA ESPERANZA

Pbro. Antony Josué Pérez
10 de Enero de 2017

Entre Julio y Septiembre de 2015 tuve la providencial oportunidad de participar en Bogotá-Colombia de un Diplomado en Formación Sacerdotal en el Centro Bíblico Teológico Pastoral (CEBITEPAL) donde pude recibir mucho de extraordinarios compañeros —la mayoría sacerdotes— y eminentes profesores con destacada experiencia en el tema.

            Unos meses de estudios exigentes, dinámicos y muy provechosos. Tratábamos de aprender y convencernos de cómo formar a los pastores y futuros consagrados a la luz del Magisterio de la Iglesia, en el espíritu del discipulado, propio de Aparecida, capaces de responder a los grandes desafíos actuales. Para eso tuvimos que pasearnos necesariamente por la “realidad de nuestros pueblos”: aquí me tocó hablar de mi País, Venezuela. Un momento para orar y compartir muy buenas experiencias que, sin más, nos impulsan a ejercer con alegría el ministerio sacerdotal.

            Al final del curso, no fueron pocos los compañeros y hermanos en el ministerio que, impresionados por la situación de nuestro País, coincidieron en proponerme presentar un aporte sobre “cómo el presbítero debe ser instrumento de esperanza en Venezuela”. Ahora, trataré de saldar ese compromiso, y para ello fijo la mirada en las Sagradas Escrituras, en el carácter y el espíritu de los profetas, en Isaías, Jeremías y en el más grande de los nacidos de mujer, Juan el bautista (Cfr. Lc 7, 28); en el Magisterio de la Iglesia y lo que el Señor pueda dejarme imprimir en estas líneas.

1.      ISAÍAS, JEREMÍAS Y JUAN EL BAUTISTA.

En tiempos del Profetas Isaías (740 a. C.) el reino de Judá estuvo constantemente amenazado por los ataques del enemigo, sufrió el destierro y la destrucción; en sí, las consecuencias propias del exilio y el pecado personal y social. Por eso, su mensaje estará muy ligado a los acontecimientos históricos de su época y a la realidad en la que vive. De allí que le tocará al Profeta asumir la misión que le es propia, a saber, anunciar y denunciar. En efecto, condena severamente los pecados e infidelidades de su pueblo (Cap. 1—39) y, al mismo tiempo, les llena de consuelo, predicando la fidelidad de Dios y despertando en sus conciudadanos la esperanza (Cap. 40—66).

No es difícil interpretar la situación moral del pueblo de Israel. La rebeldía y la inmoralidad se hicieron parte de su dinámica social y religiosa; la altivez, el orgullo y la soberbia (Cfr. Is 2, 11) hicieron del israelita personas idólatras, injustas y violentas. El pueblo ciego en su desobediencia aseguraba su propia destrucción (Cfr. Is 3, 8). Sin embargo, en medio de tal desolación, se levanta Dios llamando a uno de sus siervos para enviarlo en nombre suyo, Isaías: “Entonces oí la voz del Señor, que decía: ‘¿A quién voy a enviar? ¿Quién será nuestro mensajero? Yo respondí: ‘Aquí estoy yo, envíame a mí” (Is 6, 8).

Es el profeta que habla con unción; el mismo espíritu de Dios está sobre el (Cfr. Is 61, 1). A través del “enviado” Yahvé quiere consolar no solo con la fuerza de sus palabras, sino también con su presencia, pues, es el “Dios con nosotros” (Cfr. Is 7, 14; Mt 1, 23). El consuelo del Señor —“Consuelen, consuelen a mi pueblo” (Is 40, 1) — es una buena noticia para el pueblo que sufre el destierro y la esclavitud; están separados de su tierra, de su fe, de sus tradiciones, su faz ha quedado desfigurada, no parecen ser el “pueblo de Dios”. El Señor, a través de Isaías, toma parte, ha escuchado a su pueblo: “Israel, pueblo de Jacob, el Señor que te creó te dice: ‘No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío...” (Is 43, 1).

Al profeta Jeremías le tocó vivir la misma escena de Isaías. Su ministerio lo ejerció desde el final del reinado de Josías hasta la deportación (Cfr. Jer 1, 1-3). Fueron años de conspiraciones y revueltas. También como Isaías, conjuga la severidad de sus juicios con la sutileza y delicada profundidad y claridad de su lenguaje. Jeremías fue más allá de su timidez y sensibilidad (Cfr. Jer 1, 6). Las circunstancias del pueblo le harán sufrir mucho; sacó de su soledad y sufrimiento, lamentaciones, que no son más que confesiones a manera de oración; éstas parecen ser el alma transparente del profeta que fija su mirada en el Señor que le sostiene para arrancar y derribar, construir y plantar (Cfr. Jer 1, 10).

Juan el Bautista es otro personaje que, sin más, rompe muchos paradigmas. Es el mayor de los profetas (Cfr. Lc 7, 28). Él es el mensajero, la voz, el que prepara el camino, el que predica el arrepentimiento (Cfr. Mt 3, 1-6). Su ministerio estuvo ceñido por la austeridad y hablaba con el Espíritu de la verdad (Cfr. Jn 14, 16-17),  a tal punto, de sufrir la cárcel y el martirio (Mt 11, 2a; 14, 10); su predicación no sólo le ganó amigos, discípulos y admiración, incluso de Herodes, sino también enemigos y contrarios. Sin embargo, fue un hombre recto, sin doblez, sin presiones de ningún poder de su tiempo. Juan era un hombre libre, la verdad lo hizo libre (Cfr. Jn 8, 32).

Estos tres grandes personajes son modelo excelso de la misión de los profetas, del profetismo en Israel y el nuevo profetismo inaugurado con Juan el bautista. Su personalidad, espíritu y carácter, el cómo afrontaron cada realidad, el poder de sus palabras, el liderazgo impreso desde su llamada, la libertad implícita en sus denuncias y buenas noticias, inspiran y dejan como plan espiritual y misionero un inequívoco proyecto de esperanza para los pueblos, para la Iglesia y, preferencialmente para los que siendo parte de ellos, sufren constantemente pobreza e injusticia. Es una especie de itinerario de esperanza pensado para quienes están tentados por la resignación.

2.      VENEZUELA, UN PUEBLO MARCADO POR EL SUFRIMIENTO.

En el fondo del mensaje y ministerio de los profetas, por lo menos de los tres antes citados, existe una realidad social marcada por evidentes crisis que tocan no solo lo religioso —la idolatría y la impiedad— sino lo moral, lo político —la libertad, el pecado, la justicia—. Son de esas “epidemias epocales” que señalan la dinámica, a veces equivocada de los pueblos, y en las que, como suele pasar en la narración bíblica, Dios toma partido.

Nuestro País ha sumado muchas buenas historias, pero en estos últimos años se ha visto profundamente marcado no simplemente por una epidemia, sino por una pandemia de injusticias sociales. Ello significa, en palabras más sencillas, que nuestro pueblo está sufriendo, que también hoy nuestra gente pasa hambre, que no existe ninguna seguridad social, más que algunos intentos improvisados. Respecto a las causas, he dejado algo en mi artículo “Venezuela, entre la idolatría y la penitencia” (cooperadordelsr.blogspot.com, 02/12/2016). Solo recuerdo en esta ocasión: el enemigo de la Fe “se ha valido de las debilidades sociales y políticas para enfrentarnos unos con otros, causando odio y división” (Ibídem); la conjugación de esas responsabilidades me parecen que son totalmente válidas.

En nuestros días no ha cambiado ese flagelo que ha movido masas: los pobres siguen siendo la mayoría y, los ricos, la minoría que sigue teniendo cada vez más. Las instituciones han colapsado gravemente, y podemos encontrarnos en cualquier oficina un grupo de delincuentes alimentando la cada vez más evidente corrupción. Como en tiempos de los profetas Isaías, Jeremías y Juan bautista, Venezuela sigue siendo asediada por intereses mezquinos de propios y extranjeros que juegan a tomar el poder político; todas las energías parecen estar puestas aquí, descuidando las prioridades, poniendo en riesgo los derechos humanos y las libertades que, como ha venido pasando, llenan de desesperanza y desesperación sobre todo a los más débiles, al pueblo sencillo, a la gente humilde.

Somos testigos de un hervidero de ideas, unas defendidas con razón y verdad, otras con insensatez y maldad. La polarización ha hecho del venezolano un ser a la defensiva, violento, agresivo; es lo que la circunstancia nos ha enseñado a ser. Dichosos aquellos que conservan los principios de las más nobles familias que, en las diferencias, nos enseñaron a amar y respetar a todos. Por eso, estoy seguro que los valores no se han perdido, están en cada uno, solo nos corresponde hacer que resplandezcan de nuevo; no es otra cosa que hacer que los ciegos vean (Cfr. Mt 11, 5).

La incertidumbre, la pobreza, el odio, la delincuencia, la escasez, el hambre, las muertes, la inseguridad, afligen a muchas familias, a la gran mayoría de los nuestros. Los pastores, que estamos con el pueblo de Dios, somos testigos fundamentales de este trágico sufrimiento. Nuestro servicio religioso y espiritual está dedicado a casos que, casi todos, tienen relación con esta gama de sufrimientos: personas que se suicidan a causa de la depresión, madres que sufren la muerte de sus hijos, jóvenes asesinados, secuestros, pobreza, estrés y nerviosismo, venganza, desesperación, migración, diferencias políticas, padres que no saben qué hacer para alimentar a sus hijos, jóvenes que no encuentran ningún futuro en su tierra. Últimamente he sentido que el País está para llorarlo, como Jesús hizo respecto a Jerusalén (Cfr. Lc 19, 41).

Los sacerdotes, que nos hemos consagrado a la causa del Reino (Mt 19, 12), también sufrimos con nuestro pueblo, no somos ajenos a ninguna de estas tristes dificultades. Por eso, la Iglesia en Venezuela, a pesar de ser perseguida y calumniada, no ha dejado de permanecer unida y ser la comunidad donde los más necesitados encuentran cobijo y auxilio: un hospital de campaña abierto a todos (Cfr. S.E.R. Mons. Diego Padrón, Presidente de la CEV). Ella, como Madre y Maestra, por la sabiduría que ha alcanzado del Espíritu y del pueblo santo de Dios nos enseña a ser pastores de la esperanza, sacerdotes con olor a ovejas (Cfr. Papa Francisco).

3.      PROFETAS DE LA ESPERANZA.

Hasta aquí tenemos suficientes elementos para caer en cuenta que la vocación y el ministerio sacerdotal no es una profesión, ni un oficio individualista, sino un estilo de vida dinámico y discipular que estimula con gran razón el ser profetas por el bautismo. Mucho antes de ordenarme un sabio amigo sacerdote me “profetizó” que sería sacerdote en un tiempo muy difícil; este hermano, con el que ahora comparto el ministerio, no se equivocó. Por eso, los sacerdotes de Venezuela vivimos un tiempo de gracia; nos toca asumir sobre nuestros hombros a la oveja herida que es la Patria y con ella a cada prójimo que sufre, hasta dar la vida como el buen Pastor (Cfr. Jn 10, 10). Ello implica, también, en este tiempo especial de gracia, avivar el fuego del don que Dios nos dio en la ordenación (Cfr. 2Tim 1, 6), que no es otra cosa que “tomar la firme e irrevocable decisión de subir a Jerusalén” (Cfr Lc 9, 51) y cargar con el Señor la pesada Cruz de nuestros días.

Ello supone asumir con alegría, el carácter y el espíritu de los profetas, nuestra misión de ir y hacer discípulos, de enseñar, pastorear y santificar. Para eso debemos ser discípulos apasionados por Cristo (Cfr. Aparecida, 277), conscientes de que el pueblo de Dios necesita ser acompañado y formado por nosotros (Cfr. Aparecida, 282). Aparecida nos recuerda que “El presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades” (Aparecida, 198). El ejercicio de este ministerio exige, con razón, conversión personal-pastoral y la valentía y prudencia de los profetas. También ahora tenemos el gran compromiso de anunciar y denunciar y, sobre todo, de darle esperanza a nuestra gente, que no es otra cosa que anunciar a Jesucristo vivo y resucitado, pues, “llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza... y quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Benedicto XVI, Spe salvi, 2. 3).

El sacerdote profeta de la esperanza debe ser el primer convencido que es posible esperar. “Su espera” o su “nostalgia de Dios” (Cfr. Papa Francisco, Epifanía 2017) debe contagiar a los suyos y atraer, sobre todo, a los que están fuertemente tentados a desistir, dudar y resignarse. Para ello debe formarse con mucho celo, para enseñar con rectitud y defender con humildad la fe cristiana de los riesgos que traen consigo sociedades en conflictos como la nuestra donde se inflan las ideologías y pseudofilosofías antropocéntricas y ateas que, naturalmente, se oponen a la fe, a la dignidad del ser humano y al verdadero progreso de los pueblos.

No podemos ser profetas del terror, de la desventura o de la desgracia, sino de la alegría y de la esperanza, aun cuando a nosotros mismo nos toca pasar por muchas calamidades. Precisamente “lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios” (Benedicto XVI, Spe salvi, 35). Consolados por esta certeza, que no es otra que la del Evangelio, una vez convencidos de lo que Dios puede hacer en nuestra pobre vida, estamos llamados a convencer a nuestro pueblo sufriente de que “Es importante ... saber que... todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo” (Benedicto XVI, Spe salvi, 35).

Tengamos en cuenta, como pastores, la sutileza, delicada profundidad y claridad del lenguaje de los profetas; que sepamos como buenos maestros de la fe, conducir a nuestro pueblo y consolarlo con el consuelo de Dios. La cercanía con el pueblo sufriente, como ha sido siempre, aun en circunstancias dictatoriales, rebeliones, guerras y conflictos, debe ser irrenunciable, por amor del bien, de la verdad y de la justicia (Cfr. Spe salvi, 38). Junto a ellos debemos “preparar el camino” y saber dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César (Cfr. Mt 22, 21). Por eso, no podemos renunciar a estar con el pueblo, aun cuando las circunstancias nos presionen por todos lados y los vientos de doctrina sean tan fuertes. Junto a ellos también estamos llamados a construir y a edificar.

Pidámosle a Dios con súplicas confiadas e insistentes (Cfr Mt 7, 7-11), en actitud de profunda adoración, que nos asista con la sabiduría y el discernimiento del Espíritu, pues nuestras fuerzas no bastan para ser tan firmes, a maneras de columnas, como nos lo exigen los desafíos de hoy. Nuestra misión es paradigmática en cuanto no estamos luchando contra hombres de carne y hueso, sino contra seres espirituales muy poderosos (Cfr. Ef 6, 12) que causan divisiones, siguen sus deseos naturales y no tienen el Espíritu de Dios (Cfr Ap 1, 19).


Por eso, nuestro ministerio ha de estar sellado por la fidelidad irrenunciable a Dios y a la Iglesia, hasta dar la vida. Eso requiere que actuemos, que seamos y parezcamos lo que hemos recibido, que nuestra vida y forma de vivir acredite lo que somos; no somos caudillos ni zelotes, dirigentes políticos ni dictadores, pajas barridas por el viento ni ingenuos ciegos serviles a intereses particulares o de poder, parásitos, por más, pasivos, ni pobres asustadizos; somos ante todo, pastores con la impronta de Jesucristo, con plenos derechos ciudadanos y eclesiales y con el grave deber de hacer todo lo necesario por la salvación de las almas (Cfr CDC, 1752).

viernes, 16 de diciembre de 2016

UNA TRISTE FELIZ NAVIDAD

UNA TRISTE FELIZ NAVIDAD

Pbro. Antony Josué Pérez
16 de Diciembre de 2016

Quiero dejar, por ahora, este artículo inspirado en el contexto que estamos viviendo; la Navidad es un tiempo hermosísimo, lo esperan todos, sobre todos los niños. En la familia nos enseñaron, como en la Iglesia, que el centro de estos días es el Misterio del Nacimiento de Jesús; como celebramos el cumpleaños de nuestros padres, hermanos y demás familiares, la humanidad cristiana también celebra, y con razones de sobra, el nacimiento de Su Señor y Salvador.

A lo largo del tiempo aprendimos, tocados por la experiencia del mismo Jesús, a compartir, perdonarnos, reconciliarnos y permanecer unidos en torno a la alegría de la fiesta, de los regalos y el compartir. Particularmente Venezuela celebra la Navidad con un toque de idiosincrasia estupendo, que marca la esencia del ser venezolano. Aprendimos a no escatimar esfuerzos para compartir nuestros bienes con todos; realmente nos enseñaron a ser hermanos.

Desde que el Enemigo de la Fe abiertamente arremetió contra nuestro País, los ánimos y las ganas de celebrar estas fechas se apaciguaron. La sociedad se fue volviendo vacía, consumista y frívola. Parece que se fue perdiendo el verdadero sentido de la Navidad. La situación actual hizo que, empobrecidos cayéramos en la tentación de ser mezquinos para sobrevivir. Tentación que no deja de ser, paradójicamente, una gran oportunidad para compartir y dar hasta que nos duela: hacer verdadera caridad.

Los hogares y las familias en su mayoría se encuentran dispersas, divididas y sin mucho ánimo de “hacer en navidad como se hacía antes”. Las posibilidades económicas son fatales para la gran mayoría de los venezolanos. A muchos faltará el regalo de esta Navidad y la cena de fin de año; precisamente porque los pobres son más pobres y la clase media está en agonía. El tiempo de Navidad nos lo están robando las pasiones e intereses de un movimiento nefastamente ateo y contra eclesial, enemigo de la fe.

Sin embargo, sostenidos en la fe que nuestros padres nos transmitieron con tanto celo, que es la fe de la Iglesia, la fe que nos gloriamos de profesar, estamos llamados a no dejarnos robar la Navidad y la esperanza en estos duros momentos. Que no se nos olvide que el que viene es el Señor; él puede hacer luz de las tinieblas y llenar de gozo a la humanidad, cual Niño que viene a llenar de sonrisas a la madre, aun en su pobreza.


Sólo nos queda rezar. Amén.

viernes, 2 de diciembre de 2016

VENEZUELA, ENTRE LA IDOLATRÍA Y LA PENITENCIA

VENEZUELA, ENTRE LA IDOLATRÍA Y LA PENITENCIA

Pbro. Antony Josué Pérez
02 de Diciembre de 2016

El proceso de consolidación de nuestro País, con sus luchas, éxitos, caídas y libertades, hizo de nuestro pueblo la República de la que hemos disfrutado hasta hoy. La fuerza del Evangelio ha sido germen y semilla de innumerables historias cargadas de fe que han permitido que Venezuela esté consagrada al Santísimo Sacramento (2 de Julio de 1899) como una manifestación preclara de que “somos el pueblo de Dios” (Cfr. Jer 32, 38).

Esto da testimonio de la larga tradición cristiana de los venezolanos; es propia la devoción silenciosa y popular de nuestro pueblo. La Iglesia ha sido Madre solícita y sus pastores, apóstoles, testigos y actores de cómo la fe se ha ido transmitiendo en las familias y en cada rincón de esta Patria que ama solícitamente a María, la Madre del Señor, y mira en los santos, lo que realmente son, modelos de fe.

La combinación de los deberes religiosos y ciudadanos hicieron de los hombres y mujeres de este pueblo humildes luchadores por mantener la fe, la educación, el respeto, la solidaridad y muchas otras innumerables bondades que le son características a los que nacieron bañados del tricolor. Esto alcanzó el reconocimiento del mundo y dispuso los ambientes para acoger a tantos que en Venezuela progresaron, hicieron familia y, junto con nosotros, aprendieron a valorar esta tierra tan rica y bendecida por Dios.

Por eso, son muchos los libros que se pueden imprimir sobre las bondades de este País y de su gente, de hecho los hay. Venezuela es un gran País. Sin embargo, hoy “sobrevive en medio de profundas y rápidas transformaciones... que a decir de la Conferencia Episcopal Venezolana en la exhortación “El Señor ama al que busca la justicia” (2016), sufre una profunda crisis en lo moral, social, político y económico; una situación que para todos es evidente y real, una crisis que todos padecemos, un flagelo que pudimos haber prevenido con sensatez...” (Discurso, 226 aniversarios de Barrancas del Orinoco, 24 de Octubre de 2016). Sin intensión de buscar culpables, parece que las causas no son sólo nuestro error, existen sospechas de fuentes sombrías que se deben afrontar con la plena convicción de la Fe. De esta última idea estoy convencido. No pueden ser sólo las pasiones individuales de algunos o hasta de las mayorías las que provoquen tanto mal. A esto se suma una clara incidencia del verdadero Mal; a esto me refiero al hablar de fuentes sombrías.

Es lógico que el pueblo se sienta abatido en estas horas. El enemigo de la Fe no nos perdona que hayamos consagrado nuestro País al Santísimo Sacramento y que seamos una de las excepciones donde personalmente ha querido venir a traer el mensaje de la salvación la Madre de Dios, María de Coromoto. Por eso, se ha valido de las debilidades sociales y políticas para enfrentarnos unos con otros, causando odio y división. Si esto es considerado prueba de Dios, tendría mis reservas; Dios no prueba de esta manera aunque no deja de sacar de las crisis frutos de salvación. Solo quien causa odio y división es Satanás. Él es el verdadero enemigo de la Fe y de la Patria, que sabe seducir magistralmente, engaña y confunde. Si lo intentó con el Señor en el desierto (Cfr. Mt 4, 1-10) ni pensemos qué puede hacer con nosotros que podemos dejarnos zarandear fácilmente por cualquier viento de doctrina.

Por eso, no dudaría en afirmar que otra de las causas de nuestras calamidades es la idolatría. Es preocupante la distancia que hoy existe entre la fe cristiana y un gran número de nuestros conciudadanos que han optado por movimientos pseudoreligiosos, esotéricos, de brujería y santería, ideológicos y de poder; simplemente estos caminos son incorrectos, no nos llevan a Dios. La idolatría hoy se traduce en Venezuela en el culto a la personalidad, en el fanatismo político, en el consumismo exacerbado, aun en la evidente crisis; en la renuncia a los principios morales y éticos que ocasiona una grave transgresión a los mandamientos de la ley de Dios, a la caridad y la dignidad de la persona; en la profunda corrupción, que no es otra cosa que idolatría al dinero y al poder; el odio entre hermanos, las divisiones y la muerte. Esto es idolatría porque se opone totalmente al plan de salvación de nuestro Señor y a Dios mismo.

Para recuperar la imagen primigenia de nuestra nación volvamos la mirada a las Sagradas Escrituras. Pensemos en Nínive, la gran ciudad (Jon 3, 1-10), que se arrepintió, se convirtió e hizo penitencia: “Los habitantes de la ciudad, grandes y pequeños, creyeron en Dios” (Jon 3, 5). Nuestra penitencia debe comenzar por dejar de lado la soberbia y poder reconocer con humildad que nos hemos desviado del camino que el Señor desde antiguo nos ha mostrado. Hoy es evidente que cuesta mucho sentarse a concretar acuerdos que salven a este deteriorado País, pues, la penitencia consiste en hacer, aunque cueste de una y otra parte, lo necesario, aunque eso suponga sacrificios. Penitencia es sustituir la crisis generalizada por un proyecto que vaya más allá de lo político; un proyecto personal que nos salve verdaderamente, que no es otra cosa que decir con la Iglesia: Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la Tierra. Creo en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor... Creo en el Espíritu Santo. Amén.


Que el auxilio de nuestra Madre María de Coromoto nos sostenga en la misericordia de su Hijo, nuestro Señor, para que las preocupaciones de esta vida no nos aparten de los bienes eternos. Amén.