lunes, 19 de junio de 2017

UN NUEVO KAIRÓS FORMATIVO

UN NUEVO KAIRÓS FORMATIVO

Pbro. Antony Josué Pérez
07 de Junio de 2017

Porque precisamente uno de los fines de la formación sacerdotal es hacer capaces a los candidatos de responder a los desafíos actuales y por venir, la Iglesia venezolana debe plantearse, seriamente, aprovechando la fuerza animadora de la nueva Ratio, entrar en esta “experiencia emergente” que, puede ser, como dice un sabio sacerdote jesuita, “sumergente”, si no se logra atender con discernimiento.
En otra ocasión he señalado que la causa de nuestros males (Cfr. Venezuela, entre la idolatría y la penitencia, cooperadordelsr.blogspot.com), entre otras cosas, es la idolatría y, evidentemente, el fracaso del sistema político que nos gobierna, socialista, populista, claramente marxista-comunista. Esta verdad no deja de ser una ocasión para “ensimismarnos” en la experiencia: introducirnos sin prejuicios, objetivamente, en la realidad, aun con la tentación del desaliento y del dolor por el claro panorama de sufrimiento, pero con la mirada puesta en Jesucristo, el único suficiente para descansar (Cfr. Mt 11, 28).
Es nuestro deber como pastores conducir a pastos verdes de verdad, justicia y libertad a nuestro pueblo. Los seminaristas son parte de ese pueblo que, junto a nosotros, sufre y padece; ellos también tienen hambre de respuestas. Como todos jóvenes siguen planteándose preguntas que, necesariamente, contribuirán a configurar su vida con la de Jesús, el buen samaritano, el buen pastor que da la vida por sus ovejas (Cfr. Jn 10, 11).
Del “ahora”, queramos o no, va a depender la formación de buenos pastores para nuestra Iglesia. No estamos viviendo un tiempo coyuntural cualquiera. La fe, desde la que siempre hemos de ver los acontecimientos, nos sugiere, bajo la lógica redentora del sufrimiento-salvación, que la catástrofe y el diluvio también pueden ser kairos, tiempo de Dios. La imagen del desierto es adecuada para tener una idea de esta propuesta: Cristo mismo fue empujado por el Espíritu al desierto para ser tentado (Cfr. Mt 4, 1); así comenzó su ministerio, como lo hemos iniciado tantos sacerdotes jóvenes; en tiempo de pasión. Precisamente en el “desierto” Jesús, el único y suficiente, vence al diablo y su propuesta falaz, adornada de superficialidad, retocada con la fuerza y el poder, siempre llamativo del mundo.
Los que tenemos la grave responsabilidad de formar tenemos el desafío de “informar” la experiencia de los aspirantes con la de Cristo. La ascesis diaria —entiéndase, adentrase profundamente en la realidad— puede permitir que los jóvenes, saboreando lo amargo de su entorno, conozcan de cerca la fragilidad del hombre y, teniendo una visión más sensible de la persona humana, hallen la línea esperanzadora e iluminadora que separa el pecado de la gracia, la resignación de la confianza y puedan saborear, entonces, lo dulce de la fuerza transformadora del Resucitado.
Más allá de recetas pragmáticas, a veces estrictas y poco aplicables, como vislumbrando la deuda de las Normas básicas sobre la formación en Venezuela, es urgente pensar en algunos criterios o líneas generales que ayuden a la conducción de la formación en este tiempo especial. Lo que fue la cripta donde se ordenó Juan Pablo II, signo de la cruda realidad en medio de la cual se consagró a Dios, debe ser el seminario hoy para nuestros seminaristas; signo de esperanza, una comunidad donde se encarne realmente el sufrimiento de nuestro pueblo, cual Cruz, que pueda hacer de los aspirantes y discípulos del Señor verdaderos mensajeros y apóstoles de un Cristo realmente encarnado, que pueda transformar sus vidas y la de nuestra gente.
Los cristianos arriesgamos precisamente en tiempos difíciles. Por eso, es conveniente, como en todo tiempo, formar verdaderos pastores, cercanos al pueblo, llenos de esperanza y, sobre todo, profetas. El profetismo de nuestros seminaristas y de nosotros los sacerdotes debe ser el aspecto característico de este tiempo en Venezuela (Cfr. El sacerdote venezolano, profeta de la esperanza, cooperadordelsr.blogspot.com). Esto exige, sobre todo, conversión, para empezar por cada uno y no perder el tiempo en segundas causas; necesario es ir a la raíz. Ello exige, además, una fe madura y bien cimentada de todos cuanto somos agentes pastorales.
Ahora es más urgente, sobre todo en nuestro País, la buena selección de los candidatos y el acompañamiento personal de nuestros seminaristas. Una formación virtual en estos tiempos sería una cruel traición al bien de la Iglesia y a la dignidad misma de cuantos con mucha valentía han dado una respuesta generosa a Jesucristo. La formación y ascesis espiritual es el fundamento de cuanto podemos aspirar y esperar y la formación académica, donde la Doctrina Social de la Iglesia encaja como lo que es, camino evangélico para iluminar a la sociedad, tiene un lugar imprescindible. Sin agotar la riqueza de la formación sacerdotal y sin yuxtaponer sus dimensiones, tenemos la oportunidad de fortalecer los seminarios y hacer de nuestra comunidad de formación, cada día más, modelo de vida cristiana que reproduzcan y continúen la vida y acciones de la comunidad de los Doce con su Señor.
No pueden olvidar los seminaristas y ninguno de nosotros que la Iglesia es el lugar de la esperanza y que los poderes del infierno no prevalecerán contra ella. En medio de tanta calamidad la Iglesia permanecerá segura y firme, porque está construida, edificada, sobre la Roca. Tampoco olvidemos que estamos llamados a “dar la vida” (Jn 10, 10), a consumirnos totalmente y a abnegarnos con tenacidad, sin llamar la atención y sin sensacionalismos. Somos sal y luz del mundo, procuremos, pues, que la luz brille delante de la gente (Cfr. Mt 5, 13-16). Recientemente el Papa Francisco ha dicho que los cristianos no somos ni de derechas ni de izquierdas; precisamente ese es uno de los desafíos; seamos cristianos de Jesús, discípulos consecuentes y cooperadores del Señor (Cfr. 2Cor 6, 1).


domingo, 30 de abril de 2017

DEJAR QUE LA LUZ BRILLE

DEJAR QUE LA LUZ BRILLE
Pbro. Antony Josué Pérez
30 de Abril de 2017

Los acontecimientos de los últimos días en nuestro País nos informan que la situación es cada vez más delicada. No parece haber forma de que los actores políticos se puedan sentar a negociar o a acordar una solución que, necesariamente debe ser pacífica, constitucional, democrática y electoral. El gobierno, de por sí deslegitimado popularmente, en su afán de poder y fidelidad a un sistema fracasado y que sólo ha traído odio y división a nuestro País, no renuncia a su talante autoritario y dictatorial. La oposición, ahora, presionada por el ardor popular, de las mayorías, parece echar a suerte todo por rescatar lo que desde hace varios años estaba perdido: el Estado de derecho.
Tal vez esta posición, cierta y evidente para cualquier mortal que sufre y vive de cerca la realidad venezolana ganará el desprecio de los actores oficiales, actitudes soberbias propias de ideólogos marxistas, socialistas y comunistas como tantos en Latinoamérica. La autocrítica, que de por sí no les gusta a los sistemas comunistas, no tiene lugar desde ningún sector, justamente, por su carácter dictatorial: en Venezuela se hace sólo lo que el gobierno disponga, aun en contra de la voluntad de la mayoría o sin importar que las medidas transgredan la constitución o sean materia de delito, lo importante es mantener el sistema.
Aun así, en atención a nuestras conciencias y principios no podemos callarnos; eso representaría una especie de cobardía inhumana o falta de sensibilidad al grave sufrimiento de nuestro pueblo. Como cristianos y ciudadanos de este País no podemos dejar pasar la oportunidad de hacer que la “luz de Cristo brille” en medio de las tinieblas, densas, de nuestra ignorancia. Como llegó a decir Mons. Romero, mártir de El Salvador, “Si denuncio y condeno la injusticia es porque es mi obligación como pastor de un pueblo oprimido y humillado”. Precisamente por eso, especialmente nosotros los pastores estamos llamados a no abandonar a nuestro pueblo a la suerte de los que se han apartado del camino del bien y de la democracia.
Es un gran desafío acompañar al pueblo civil y pacífico en un ambiente tan hostil, militarizado y lleno de persecuciones y amedrentamiento. Pero el Señor nos ayuda y no quedaremos confundidos, por eso, hay que endurecer el rostro (Cfr. Is 50, 4-7) con la determinante decisión de renunciar a cualquier cosa, lo que sea, sin fanatismos estériles, sino con la convicción y el espíritu de los profetas, por un bien mayor que es la paz de nuestra patria. Nadie ha dicho que sea fácil el sacrificio, pero este nos alcanzará la libertad definitiva.
Después de este largo desierto llegaremos a la patria de la libertad. Tendríamos que desear con esperanza vivir en un país donde nunca más el gobierno, de izquierda o de derecha, se crea dueño del Estado, del País o de la Patria. Estos años no ha sido otra cosa que un grave error de nuestras débiles aspiraciones. Pues, luchar por la libertad y las reivindicaciones son aspiraciones válidas, pero no como lo hicieron los caudillos asesinos y delincuentes como "Che" Guevara y Fidel Castro. No más que Bolívar y otros próceres nos han dejado mejores caminos y políticas más convincentes. No basta querer asegurar la soberanía y la independencia si no optamos por caminos verdaderamente transitables; estos principios no se aseguran imponiendo sistemas personalistas, ateos y de poder que sólo anulan la democracia y la paz, promoviendo odios y divisiones como muy bien lo saben hacer los populistas.

Seguimos necesitando grandes líderes, buenos políticos, de principios éticos y morales, demócratas y sobre todo cristianos que puedan reconducir a nuestro País a lo que debimos ser siempre: Una Patria libre. Extendamos el bastón de la fe para que nuestro pueblo pase por los caudales de la esclavitud a la tierra de la libertad y no olvidemos que Venezuela está consagrada al Santísimo Sacramento. Amén.

jueves, 9 de marzo de 2017

LA SENSIBILIDAD DEL PASTOR

LA SENSIBILIDAD DEL PASTOR

 Pbro. Antony Josué Pérez
09 de Marzo de 2017

La Formación Sacerdotal, según los documentos de la Iglesia, debe procurar que los discípulos candidatos al ministerio ordenado se configuren de tal manera con el Señor que estén en comunión con sus mismos sentimientos y actitudes (Cfr. PDV, 57; Fil 2,5). En otras palabras, se trata de asegurar una verdadera sensibilización del sacerdote y del futuro pastor.

Las Sagradas Escrituras nos dejan muchos pasajes donde Jesús muestra la caridad del Pastor: un denominador común en cada historia es el encuentro compasivo entre el que sufre y el Señor. “¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!” (Lc 17, 13), le gritaron los leprosos camino a Jerusalén. Mientras recorría los pueblos enseñaba y curaba; al ver a la gente “sintió compasión de ellos” (Mt 9, 36). La misericordia va permeando el ministerio de Jesús: perdona los pecados (Mc 2, 5), cura a los enfermos (Mt 12, 9-14).

De tal manera que es Jesucristo el modelo más fiel de la sensibilización. Ello supone, además, la cercanía, la atención y el acompañamiento del Maestro. Justamente llamó a los apóstoles “para que estuvieran con Él” (Mc 3, 14), para que, entre otras cosas, se sintieran seguros con Aquel que experimentaba ya la pobreza: no tenía siquiera donde recostar la cabeza (Lc 9, 58). El Señor trama una relación marcada por la ternura: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus pollitos bajos las alas!” (Lc 13, 34).

Familiarizarse con el Señor es necesario para el discípulo que quiere parecerse a Él, que desea ser pastor de almas, que quiere dar la vida por las ovejas (Jn 10, 11). Ello implica iniciar ese proceso de aprender a “ser humano”. La sensibilización consiste justamente en ser humano, capaz de entender el problema y las debilidades del otro, tener compasión del semejante (Cfr. Heb 5, 2), hacerse buen samaritano (Lc 10, 25-37), capaz de detenerse y curar las heridas del que necesita.

Hoy, como siempre, hacen falta muchos sacerdotes, pero que, sobre todo, sean sensibles, compasivos, tiernos; tan humanos y llenos de bondad como Jesús. No puede ser el formando, y más, el consagrado, una dura roca, seca, áspera, que solo golpea y hiere. No pueden ser seres egoístas, incapaces de renunciar a sus propios intereses, a su tiempo y comodidades los que optan por el ministerio sacerdotal, pues, precisamente el ministro es imagen del Buen Pastor.

¡Danos, Señor, un corazón como el tuyo!




martes, 10 de enero de 2017

EL SACERDOTE VENEZOLANO, PROFETA DE LA ESPERANZA

EL SACERDOTE VENEZOLANO,
PROFETA DE LA ESPERANZA

Pbro. Antony Josué Pérez
10 de Enero de 2017

Entre Julio y Septiembre de 2015 tuve la providencial oportunidad de participar en Bogotá-Colombia de un Diplomado en Formación Sacerdotal en el Centro Bíblico Teológico Pastoral (CEBITEPAL) donde pude recibir mucho de extraordinarios compañeros —la mayoría sacerdotes— y eminentes profesores con destacada experiencia en el tema.

            Unos meses de estudios exigentes, dinámicos y muy provechosos. Tratábamos de aprender y convencernos de cómo formar a los pastores y futuros consagrados a la luz del Magisterio de la Iglesia, en el espíritu del discipulado, propio de Aparecida, capaces de responder a los grandes desafíos actuales. Para eso tuvimos que pasearnos necesariamente por la “realidad de nuestros pueblos”: aquí me tocó hablar de mi País, Venezuela. Un momento para orar y compartir muy buenas experiencias que, sin más, nos impulsan a ejercer con alegría el ministerio sacerdotal.

            Al final del curso, no fueron pocos los compañeros y hermanos en el ministerio que, impresionados por la situación de nuestro País, coincidieron en proponerme presentar un aporte sobre “cómo el presbítero debe ser instrumento de esperanza en Venezuela”. Ahora, trataré de saldar ese compromiso, y para ello fijo la mirada en las Sagradas Escrituras, en el carácter y el espíritu de los profetas, en Isaías, Jeremías y en el más grande de los nacidos de mujer, Juan el bautista (Cfr. Lc 7, 28); en el Magisterio de la Iglesia y lo que el Señor pueda dejarme imprimir en estas líneas.

1.      ISAÍAS, JEREMÍAS Y JUAN EL BAUTISTA.

En tiempos del Profetas Isaías (740 a. C.) el reino de Judá estuvo constantemente amenazado por los ataques del enemigo, sufrió el destierro y la destrucción; en sí, las consecuencias propias del exilio y el pecado personal y social. Por eso, su mensaje estará muy ligado a los acontecimientos históricos de su época y a la realidad en la que vive. De allí que le tocará al Profeta asumir la misión que le es propia, a saber, anunciar y denunciar. En efecto, condena severamente los pecados e infidelidades de su pueblo (Cap. 1—39) y, al mismo tiempo, les llena de consuelo, predicando la fidelidad de Dios y despertando en sus conciudadanos la esperanza (Cap. 40—66).

No es difícil interpretar la situación moral del pueblo de Israel. La rebeldía y la inmoralidad se hicieron parte de su dinámica social y religiosa; la altivez, el orgullo y la soberbia (Cfr. Is 2, 11) hicieron del israelita personas idólatras, injustas y violentas. El pueblo ciego en su desobediencia aseguraba su propia destrucción (Cfr. Is 3, 8). Sin embargo, en medio de tal desolación, se levanta Dios llamando a uno de sus siervos para enviarlo en nombre suyo, Isaías: “Entonces oí la voz del Señor, que decía: ‘¿A quién voy a enviar? ¿Quién será nuestro mensajero? Yo respondí: ‘Aquí estoy yo, envíame a mí” (Is 6, 8).

Es el profeta que habla con unción; el mismo espíritu de Dios está sobre el (Cfr. Is 61, 1). A través del “enviado” Yahvé quiere consolar no solo con la fuerza de sus palabras, sino también con su presencia, pues, es el “Dios con nosotros” (Cfr. Is 7, 14; Mt 1, 23). El consuelo del Señor —“Consuelen, consuelen a mi pueblo” (Is 40, 1) — es una buena noticia para el pueblo que sufre el destierro y la esclavitud; están separados de su tierra, de su fe, de sus tradiciones, su faz ha quedado desfigurada, no parecen ser el “pueblo de Dios”. El Señor, a través de Isaías, toma parte, ha escuchado a su pueblo: “Israel, pueblo de Jacob, el Señor que te creó te dice: ‘No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío...” (Is 43, 1).

Al profeta Jeremías le tocó vivir la misma escena de Isaías. Su ministerio lo ejerció desde el final del reinado de Josías hasta la deportación (Cfr. Jer 1, 1-3). Fueron años de conspiraciones y revueltas. También como Isaías, conjuga la severidad de sus juicios con la sutileza y delicada profundidad y claridad de su lenguaje. Jeremías fue más allá de su timidez y sensibilidad (Cfr. Jer 1, 6). Las circunstancias del pueblo le harán sufrir mucho; sacó de su soledad y sufrimiento, lamentaciones, que no son más que confesiones a manera de oración; éstas parecen ser el alma transparente del profeta que fija su mirada en el Señor que le sostiene para arrancar y derribar, construir y plantar (Cfr. Jer 1, 10).

Juan el Bautista es otro personaje que, sin más, rompe muchos paradigmas. Es el mayor de los profetas (Cfr. Lc 7, 28). Él es el mensajero, la voz, el que prepara el camino, el que predica el arrepentimiento (Cfr. Mt 3, 1-6). Su ministerio estuvo ceñido por la austeridad y hablaba con el Espíritu de la verdad (Cfr. Jn 14, 16-17),  a tal punto, de sufrir la cárcel y el martirio (Mt 11, 2a; 14, 10); su predicación no sólo le ganó amigos, discípulos y admiración, incluso de Herodes, sino también enemigos y contrarios. Sin embargo, fue un hombre recto, sin doblez, sin presiones de ningún poder de su tiempo. Juan era un hombre libre, la verdad lo hizo libre (Cfr. Jn 8, 32).

Estos tres grandes personajes son modelo excelso de la misión de los profetas, del profetismo en Israel y el nuevo profetismo inaugurado con Juan el bautista. Su personalidad, espíritu y carácter, el cómo afrontaron cada realidad, el poder de sus palabras, el liderazgo impreso desde su llamada, la libertad implícita en sus denuncias y buenas noticias, inspiran y dejan como plan espiritual y misionero un inequívoco proyecto de esperanza para los pueblos, para la Iglesia y, preferencialmente para los que siendo parte de ellos, sufren constantemente pobreza e injusticia. Es una especie de itinerario de esperanza pensado para quienes están tentados por la resignación.

2.      VENEZUELA, UN PUEBLO MARCADO POR EL SUFRIMIENTO.

En el fondo del mensaje y ministerio de los profetas, por lo menos de los tres antes citados, existe una realidad social marcada por evidentes crisis que tocan no solo lo religioso —la idolatría y la impiedad— sino lo moral, lo político —la libertad, el pecado, la justicia—. Son de esas “epidemias epocales” que señalan la dinámica, a veces equivocada de los pueblos, y en las que, como suele pasar en la narración bíblica, Dios toma partido.

Nuestro País ha sumado muchas buenas historias, pero en estos últimos años se ha visto profundamente marcado no simplemente por una epidemia, sino por una pandemia de injusticias sociales. Ello significa, en palabras más sencillas, que nuestro pueblo está sufriendo, que también hoy nuestra gente pasa hambre, que no existe ninguna seguridad social, más que algunos intentos improvisados. Respecto a las causas, he dejado algo en mi artículo “Venezuela, entre la idolatría y la penitencia” (cooperadordelsr.blogspot.com, 02/12/2016). Solo recuerdo en esta ocasión: el enemigo de la Fe “se ha valido de las debilidades sociales y políticas para enfrentarnos unos con otros, causando odio y división” (Ibídem); la conjugación de esas responsabilidades me parecen que son totalmente válidas.

En nuestros días no ha cambiado ese flagelo que ha movido masas: los pobres siguen siendo la mayoría y, los ricos, la minoría que sigue teniendo cada vez más. Las instituciones han colapsado gravemente, y podemos encontrarnos en cualquier oficina un grupo de delincuentes alimentando la cada vez más evidente corrupción. Como en tiempos de los profetas Isaías, Jeremías y Juan bautista, Venezuela sigue siendo asediada por intereses mezquinos de propios y extranjeros que juegan a tomar el poder político; todas las energías parecen estar puestas aquí, descuidando las prioridades, poniendo en riesgo los derechos humanos y las libertades que, como ha venido pasando, llenan de desesperanza y desesperación sobre todo a los más débiles, al pueblo sencillo, a la gente humilde.

Somos testigos de un hervidero de ideas, unas defendidas con razón y verdad, otras con insensatez y maldad. La polarización ha hecho del venezolano un ser a la defensiva, violento, agresivo; es lo que la circunstancia nos ha enseñado a ser. Dichosos aquellos que conservan los principios de las más nobles familias que, en las diferencias, nos enseñaron a amar y respetar a todos. Por eso, estoy seguro que los valores no se han perdido, están en cada uno, solo nos corresponde hacer que resplandezcan de nuevo; no es otra cosa que hacer que los ciegos vean (Cfr. Mt 11, 5).

La incertidumbre, la pobreza, el odio, la delincuencia, la escasez, el hambre, las muertes, la inseguridad, afligen a muchas familias, a la gran mayoría de los nuestros. Los pastores, que estamos con el pueblo de Dios, somos testigos fundamentales de este trágico sufrimiento. Nuestro servicio religioso y espiritual está dedicado a casos que, casi todos, tienen relación con esta gama de sufrimientos: personas que se suicidan a causa de la depresión, madres que sufren la muerte de sus hijos, jóvenes asesinados, secuestros, pobreza, estrés y nerviosismo, venganza, desesperación, migración, diferencias políticas, padres que no saben qué hacer para alimentar a sus hijos, jóvenes que no encuentran ningún futuro en su tierra. Últimamente he sentido que el País está para llorarlo, como Jesús hizo respecto a Jerusalén (Cfr. Lc 19, 41).

Los sacerdotes, que nos hemos consagrado a la causa del Reino (Mt 19, 12), también sufrimos con nuestro pueblo, no somos ajenos a ninguna de estas tristes dificultades. Por eso, la Iglesia en Venezuela, a pesar de ser perseguida y calumniada, no ha dejado de permanecer unida y ser la comunidad donde los más necesitados encuentran cobijo y auxilio: un hospital de campaña abierto a todos (Cfr. S.E.R. Mons. Diego Padrón, Presidente de la CEV). Ella, como Madre y Maestra, por la sabiduría que ha alcanzado del Espíritu y del pueblo santo de Dios nos enseña a ser pastores de la esperanza, sacerdotes con olor a ovejas (Cfr. Papa Francisco).

3.      PROFETAS DE LA ESPERANZA.

Hasta aquí tenemos suficientes elementos para caer en cuenta que la vocación y el ministerio sacerdotal no es una profesión, ni un oficio individualista, sino un estilo de vida dinámico y discipular que estimula con gran razón el ser profetas por el bautismo. Mucho antes de ordenarme un sabio amigo sacerdote me “profetizó” que sería sacerdote en un tiempo muy difícil; este hermano, con el que ahora comparto el ministerio, no se equivocó. Por eso, los sacerdotes de Venezuela vivimos un tiempo de gracia; nos toca asumir sobre nuestros hombros a la oveja herida que es la Patria y con ella a cada prójimo que sufre, hasta dar la vida como el buen Pastor (Cfr. Jn 10, 10). Ello implica, también, en este tiempo especial de gracia, avivar el fuego del don que Dios nos dio en la ordenación (Cfr. 2Tim 1, 6), que no es otra cosa que “tomar la firme e irrevocable decisión de subir a Jerusalén” (Cfr Lc 9, 51) y cargar con el Señor la pesada Cruz de nuestros días.

Ello supone asumir con alegría, el carácter y el espíritu de los profetas, nuestra misión de ir y hacer discípulos, de enseñar, pastorear y santificar. Para eso debemos ser discípulos apasionados por Cristo (Cfr. Aparecida, 277), conscientes de que el pueblo de Dios necesita ser acompañado y formado por nosotros (Cfr. Aparecida, 282). Aparecida nos recuerda que “El presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos, particularmente de los que sufren grandes necesidades” (Aparecida, 198). El ejercicio de este ministerio exige, con razón, conversión personal-pastoral y la valentía y prudencia de los profetas. También ahora tenemos el gran compromiso de anunciar y denunciar y, sobre todo, de darle esperanza a nuestra gente, que no es otra cosa que anunciar a Jesucristo vivo y resucitado, pues, “llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza... y quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (Benedicto XVI, Spe salvi, 2. 3).

El sacerdote profeta de la esperanza debe ser el primer convencido que es posible esperar. “Su espera” o su “nostalgia de Dios” (Cfr. Papa Francisco, Epifanía 2017) debe contagiar a los suyos y atraer, sobre todo, a los que están fuertemente tentados a desistir, dudar y resignarse. Para ello debe formarse con mucho celo, para enseñar con rectitud y defender con humildad la fe cristiana de los riesgos que traen consigo sociedades en conflictos como la nuestra donde se inflan las ideologías y pseudofilosofías antropocéntricas y ateas que, naturalmente, se oponen a la fe, a la dignidad del ser humano y al verdadero progreso de los pueblos.

No podemos ser profetas del terror, de la desventura o de la desgracia, sino de la alegría y de la esperanza, aun cuando a nosotros mismo nos toca pasar por muchas calamidades. Precisamente “lo que nos da ánimos y orienta nuestra actividad, tanto en los momentos buenos como en los malos, es la gran esperanza fundada en las promesas de Dios” (Benedicto XVI, Spe salvi, 35). Consolados por esta certeza, que no es otra que la del Evangelio, una vez convencidos de lo que Dios puede hacer en nuestra pobre vida, estamos llamados a convencer a nuestro pueblo sufriente de que “Es importante ... saber que... todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo” (Benedicto XVI, Spe salvi, 35).

Tengamos en cuenta, como pastores, la sutileza, delicada profundidad y claridad del lenguaje de los profetas; que sepamos como buenos maestros de la fe, conducir a nuestro pueblo y consolarlo con el consuelo de Dios. La cercanía con el pueblo sufriente, como ha sido siempre, aun en circunstancias dictatoriales, rebeliones, guerras y conflictos, debe ser irrenunciable, por amor del bien, de la verdad y de la justicia (Cfr. Spe salvi, 38). Junto a ellos debemos “preparar el camino” y saber dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César (Cfr. Mt 22, 21). Por eso, no podemos renunciar a estar con el pueblo, aun cuando las circunstancias nos presionen por todos lados y los vientos de doctrina sean tan fuertes. Junto a ellos también estamos llamados a construir y a edificar.

Pidámosle a Dios con súplicas confiadas e insistentes (Cfr Mt 7, 7-11), en actitud de profunda adoración, que nos asista con la sabiduría y el discernimiento del Espíritu, pues nuestras fuerzas no bastan para ser tan firmes, a maneras de columnas, como nos lo exigen los desafíos de hoy. Nuestra misión es paradigmática en cuanto no estamos luchando contra hombres de carne y hueso, sino contra seres espirituales muy poderosos (Cfr. Ef 6, 12) que causan divisiones, siguen sus deseos naturales y no tienen el Espíritu de Dios (Cfr Ap 1, 19).


Por eso, nuestro ministerio ha de estar sellado por la fidelidad irrenunciable a Dios y a la Iglesia, hasta dar la vida. Eso requiere que actuemos, que seamos y parezcamos lo que hemos recibido, que nuestra vida y forma de vivir acredite lo que somos; no somos caudillos ni zelotes, dirigentes políticos ni dictadores, pajas barridas por el viento ni ingenuos ciegos serviles a intereses particulares o de poder, parásitos, por más, pasivos, ni pobres asustadizos; somos ante todo, pastores con la impronta de Jesucristo, con plenos derechos ciudadanos y eclesiales y con el grave deber de hacer todo lo necesario por la salvación de las almas (Cfr CDC, 1752).

viernes, 16 de diciembre de 2016

UNA TRISTE FELIZ NAVIDAD

UNA TRISTE FELIZ NAVIDAD

Pbro. Antony Josué Pérez
16 de Diciembre de 2016

Quiero dejar, por ahora, este artículo inspirado en el contexto que estamos viviendo; la Navidad es un tiempo hermosísimo, lo esperan todos, sobre todos los niños. En la familia nos enseñaron, como en la Iglesia, que el centro de estos días es el Misterio del Nacimiento de Jesús; como celebramos el cumpleaños de nuestros padres, hermanos y demás familiares, la humanidad cristiana también celebra, y con razones de sobra, el nacimiento de Su Señor y Salvador.

A lo largo del tiempo aprendimos, tocados por la experiencia del mismo Jesús, a compartir, perdonarnos, reconciliarnos y permanecer unidos en torno a la alegría de la fiesta, de los regalos y el compartir. Particularmente Venezuela celebra la Navidad con un toque de idiosincrasia estupendo, que marca la esencia del ser venezolano. Aprendimos a no escatimar esfuerzos para compartir nuestros bienes con todos; realmente nos enseñaron a ser hermanos.

Desde que el Enemigo de la Fe abiertamente arremetió contra nuestro País, los ánimos y las ganas de celebrar estas fechas se apaciguaron. La sociedad se fue volviendo vacía, consumista y frívola. Parece que se fue perdiendo el verdadero sentido de la Navidad. La situación actual hizo que, empobrecidos cayéramos en la tentación de ser mezquinos para sobrevivir. Tentación que no deja de ser, paradójicamente, una gran oportunidad para compartir y dar hasta que nos duela: hacer verdadera caridad.

Los hogares y las familias en su mayoría se encuentran dispersas, divididas y sin mucho ánimo de “hacer en navidad como se hacía antes”. Las posibilidades económicas son fatales para la gran mayoría de los venezolanos. A muchos faltará el regalo de esta Navidad y la cena de fin de año; precisamente porque los pobres son más pobres y la clase media está en agonía. El tiempo de Navidad nos lo están robando las pasiones e intereses de un movimiento nefastamente ateo y contra eclesial, enemigo de la fe.

Sin embargo, sostenidos en la fe que nuestros padres nos transmitieron con tanto celo, que es la fe de la Iglesia, la fe que nos gloriamos de profesar, estamos llamados a no dejarnos robar la Navidad y la esperanza en estos duros momentos. Que no se nos olvide que el que viene es el Señor; él puede hacer luz de las tinieblas y llenar de gozo a la humanidad, cual Niño que viene a llenar de sonrisas a la madre, aun en su pobreza.


Sólo nos queda rezar. Amén.

viernes, 2 de diciembre de 2016

VENEZUELA, ENTRE LA IDOLATRÍA Y LA PENITENCIA

VENEZUELA, ENTRE LA IDOLATRÍA Y LA PENITENCIA

Pbro. Antony Josué Pérez
02 de Diciembre de 2016

El proceso de consolidación de nuestro País, con sus luchas, éxitos, caídas y libertades, hizo de nuestro pueblo la República de la que hemos disfrutado hasta hoy. La fuerza del Evangelio ha sido germen y semilla de innumerables historias cargadas de fe que han permitido que Venezuela esté consagrada al Santísimo Sacramento (2 de Julio de 1899) como una manifestación preclara de que “somos el pueblo de Dios” (Cfr. Jer 32, 38).

Esto da testimonio de la larga tradición cristiana de los venezolanos; es propia la devoción silenciosa y popular de nuestro pueblo. La Iglesia ha sido Madre solícita y sus pastores, apóstoles, testigos y actores de cómo la fe se ha ido transmitiendo en las familias y en cada rincón de esta Patria que ama solícitamente a María, la Madre del Señor, y mira en los santos, lo que realmente son, modelos de fe.

La combinación de los deberes religiosos y ciudadanos hicieron de los hombres y mujeres de este pueblo humildes luchadores por mantener la fe, la educación, el respeto, la solidaridad y muchas otras innumerables bondades que le son características a los que nacieron bañados del tricolor. Esto alcanzó el reconocimiento del mundo y dispuso los ambientes para acoger a tantos que en Venezuela progresaron, hicieron familia y, junto con nosotros, aprendieron a valorar esta tierra tan rica y bendecida por Dios.

Por eso, son muchos los libros que se pueden imprimir sobre las bondades de este País y de su gente, de hecho los hay. Venezuela es un gran País. Sin embargo, hoy “sobrevive en medio de profundas y rápidas transformaciones... que a decir de la Conferencia Episcopal Venezolana en la exhortación “El Señor ama al que busca la justicia” (2016), sufre una profunda crisis en lo moral, social, político y económico; una situación que para todos es evidente y real, una crisis que todos padecemos, un flagelo que pudimos haber prevenido con sensatez...” (Discurso, 226 aniversarios de Barrancas del Orinoco, 24 de Octubre de 2016). Sin intensión de buscar culpables, parece que las causas no son sólo nuestro error, existen sospechas de fuentes sombrías que se deben afrontar con la plena convicción de la Fe. De esta última idea estoy convencido. No pueden ser sólo las pasiones individuales de algunos o hasta de las mayorías las que provoquen tanto mal. A esto se suma una clara incidencia del verdadero Mal; a esto me refiero al hablar de fuentes sombrías.

Es lógico que el pueblo se sienta abatido en estas horas. El enemigo de la Fe no nos perdona que hayamos consagrado nuestro País al Santísimo Sacramento y que seamos una de las excepciones donde personalmente ha querido venir a traer el mensaje de la salvación la Madre de Dios, María de Coromoto. Por eso, se ha valido de las debilidades sociales y políticas para enfrentarnos unos con otros, causando odio y división. Si esto es considerado prueba de Dios, tendría mis reservas; Dios no prueba de esta manera aunque no deja de sacar de las crisis frutos de salvación. Solo quien causa odio y división es Satanás. Él es el verdadero enemigo de la Fe y de la Patria, que sabe seducir magistralmente, engaña y confunde. Si lo intentó con el Señor en el desierto (Cfr. Mt 4, 1-10) ni pensemos qué puede hacer con nosotros que podemos dejarnos zarandear fácilmente por cualquier viento de doctrina.

Por eso, no dudaría en afirmar que otra de las causas de nuestras calamidades es la idolatría. Es preocupante la distancia que hoy existe entre la fe cristiana y un gran número de nuestros conciudadanos que han optado por movimientos pseudoreligiosos, esotéricos, de brujería y santería, ideológicos y de poder; simplemente estos caminos son incorrectos, no nos llevan a Dios. La idolatría hoy se traduce en Venezuela en el culto a la personalidad, en el fanatismo político, en el consumismo exacerbado, aun en la evidente crisis; en la renuncia a los principios morales y éticos que ocasiona una grave transgresión a los mandamientos de la ley de Dios, a la caridad y la dignidad de la persona; en la profunda corrupción, que no es otra cosa que idolatría al dinero y al poder; el odio entre hermanos, las divisiones y la muerte. Esto es idolatría porque se opone totalmente al plan de salvación de nuestro Señor y a Dios mismo.

Para recuperar la imagen primigenia de nuestra nación volvamos la mirada a las Sagradas Escrituras. Pensemos en Nínive, la gran ciudad (Jon 3, 1-10), que se arrepintió, se convirtió e hizo penitencia: “Los habitantes de la ciudad, grandes y pequeños, creyeron en Dios” (Jon 3, 5). Nuestra penitencia debe comenzar por dejar de lado la soberbia y poder reconocer con humildad que nos hemos desviado del camino que el Señor desde antiguo nos ha mostrado. Hoy es evidente que cuesta mucho sentarse a concretar acuerdos que salven a este deteriorado País, pues, la penitencia consiste en hacer, aunque cueste de una y otra parte, lo necesario, aunque eso suponga sacrificios. Penitencia es sustituir la crisis generalizada por un proyecto que vaya más allá de lo político; un proyecto personal que nos salve verdaderamente, que no es otra cosa que decir con la Iglesia: Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la Tierra. Creo en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor... Creo en el Espíritu Santo. Amén.


Que el auxilio de nuestra Madre María de Coromoto nos sostenga en la misericordia de su Hijo, nuestro Señor, para que las preocupaciones de esta vida no nos aparten de los bienes eternos. Amén.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

EL SEMINARIO, CORAZÓN DE LA DIÓCESIS


“EL SEMINARIO, CORAZÓN DE LA DIÓCESIS”

Pbro. Antony Josué Pérez


1.      INTRODUCCIÓN.

En el marco de los XX aniversario de fundación de nuestro Seminario Mayor “San Pablo, Apóstol” de Maturín, la Iglesia local está invitada a “volver una mirada especial” al “Corazón de la Diócesis”; por lo que significa en sí mismo y por lo que representan estos largos veinte años formando a los pastores y futuros pastores al estilo de Jesús buen pastor.

Es un tiempo propicio para “conocer”, “amar” y “apoyar” a esta comunidad discipular de formación sacerdotal que nació y ha crecido en las entrañas de nuestro estado, dando vida y alegría a las comunidades y promoviendo la vocación entre los jóvenes. Es, además, un tiempo para “orar” y “promover” la vocación al ministerio sacerdotal en nuestra Diócesis: necesitamos sacerdotes y sostener con la oración a los consagrados. Y un tiempo adecuado para evaluar y relanzar nuestra visión y misión. Crear así la cultura vocacional en la espiritualidad, teología y pedagogía del llamado.

2.      EL SEMINARIO.

El Seminario mayor es necesario para la formación sacerdotal. Toda la educación de los alumnos en ellos debe tender a que se formen verdaderos pastores de almas a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, maestro, sacerdote y Pastor (Cfr. Optatam totius, n° 4). Por tanto, el Seminario, como Corazón de la Diócesis (Cfr. Optatam totius, n° 5) es un tiempo de camino significativo en la vida de un discípulo de Jesús, destinado a la formación y al discernimiento, un tiempo de preparación para la misión… una comunidad en camino (Cfr. Benedicto XVI).

Para los obispos, el Seminario es la institución primaria de la diócesis (Directorio para el ministerio de los obispo, IV, n° 5) y constituyen para éste, su primer formador. El Concilio Vaticano II en el Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, destaca la importancia del Seminario para la vida de las parroquias y el afecto y apoyo que ha de recibir de toda la comunidad diocesana.

Junto a la preocupación por el seminario y los seminaristas, todos los sacerdotes y demás responsables de pastoral, catequistas, agentes, etc., han de motivarse seriamente a permanecer atentos a los jóvenes y a los niños que se plantean la vocación sacerdotal. Ello estimula a preguntarse siempre: ¿Qué estoy haciendo para promover las vocaciones?

El Seminario no procura ser una institución aburguesada, escondida, cerrada, invisible, desconocida, sino una comunidad de discípulos sencilla, abierta a todos, una luz a lo alto de la montaña, visible, acogedora, conocida y amada por todos: sus formadores, seminaristas, profesores, sacerdotes, amigos, fieles en general. Por eso, debe hacerse un gran esfuerzo por mantener el aspecto familiar, profundamente sacerdotal y fraternal de esta comunidad a la que debemos mucho.

La identidad profunda del Seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús. Es una experiencia original de la vida de la Iglesia. Una comunidad estructurada por una profunda amistad y caridad, que pueda ser considerada una verdadera familia que vive en la alegría. Es una comunidad eclesial educativa, intensamente dedicada a la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de los futuros presbíteros (Cfr. Pastores dabo vobis, n° 60-61).

3.      NUESTRA HISTORIA.

El Seminario Mayor San Pablo, Apóstol, se regocija en aquellos que han sido protagonistas en la realización de este sueño; que tuvo sus inicios en 1958, en el pensamiento del primer Obispo de ésta Diócesis, S.E.R. Mons. Antonio José Salaverría.

Fue en 1995, con el proceso de Renovación de la Diócesis, y por la necesidad de formación, que el 2do. Obispo, S.E.R. Mons. Diego Rafael Padrón, hizo esfuerzos por crear un seminario, consolidarlo como institución y en una sede segura y propia. Comenzó siendo una pequeña casa ubicada en el sector “Barrio Obrero” de Maturín, y para ese entonces, contaba con 13 seminaristas.

En 1996, estos jóvenes son trasladados a otra casa ubicada en la Calle Monagas, (actualmente la Curia Diocesana). En esta sencilla casa, los jóvenes fueron creciendo como comunidad cristiana y como futuros sacerdotes de Monagas. Un camino de altos y bajos que permitieron consolidar la estructura actual de nuestro seminario. Y el primer grupo de discípulos. No fue fácil; dificultades, desvelos, sacrificios, pero con una firme convicción de fe, enamorados de Dios, guiados por María Santísima y el ejemplo insigne del Apóstol San Pablo nuestro patrono, entregados a la Iglesia, apostaron el todo por el todo.

En el año 1997, en terreno que es de la Iglesia, adquirido por compras desde hace varias décadas, se construye la sede actual del Seminario Mayor, en honor a San Pablo, Apóstol de los gentiles. Dicha sede del Seminario, se localiza en el sector El Silencio de Campo Alegre, hacia el este de la Ciudad. Para su fundación, en 1995, Monseñor Diego Padrón nombró al primer Rector, el Pbro. Miguel Febres y los asistentes Diác. Napoleón Rocca y Carlos Díaz. Sucediéndoles en la dirección de esta casa: Pbro. Eduardo Campagnolo, Pbro. Gustavo Ulloa, Pbro. Jacinto Robles, y actualmente Pbro. Doménico Deciderio, con la asistencia reconocida del Pbro. José G. Álvarez, Pbro. Aníbal Parra, Pbro. David Vásquez, Pbro. Jesús Echezuría y el Pbro. Antony Josué Pérez.

Los estudios tienen una duración de 8 años. Comienza con un primer año de Propedéutico o Introductorio, luego 3 años dedicados al estudio de la Filosofía, y luego 4 años a la profundización de la Teología. En el cuerpo de profesores se cuentan con eminentes pedagogos de la Universidad de Oriente y de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, así como también, algunos sacerdotes de esta Diócesis. De allí la preocupación de Mons. Diego Padrón por su establecimiento y consolidación para forjar nuevos ministros del Señor, que puedan con propiedad, ocuparse de la enseñanza religiosa, de la divulgación de la Fe Católica, de la expansión del Reino de Dios.

Los seminaristas realizan formación pastoral en pleno contacto con la gente, a los requerimientos y necesidades de la población. Los fines de semana asisten a algunas parroquias y pastorales de la Diócesis y últimamente se han dedicado al trabajo catequético de la comunidad circundante.

De esta casa de formación han egresado más de 28 sacerdotes nativos del estado Monagas, ordenados por el tercer y actual Obispo de nuestra Diócesis Mons. Enrique Pérez Lavado. Actualmente se preparan 15 seminaristas de las Diócesis Maturín, más la misma ha servido en la formación de los candidatos de Diócesis hermanas tales como: Trujillo, Valle de la Pascua, Calabozo, Acarigua Araure, Carúpano, Margarita y Barcelona.

Toda esta gran obra ha sido y será gracias a la participación y entrega de muchos rostros, que con sus oraciones, consejos, ánimo y aporte material han dado el todo por el todo sabiendo que no hay don más grande después del bautismo que el Orden Sacerdotal, un tesoro que se lleva en vasijas de barro.

4.      FOMENTAR Y APOYAR LAS VOCACIONES.

La Iglesia nos enseña que el deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo. Los sacerdotes deben mostrar un grandísimo celo apostólico por el fomento de las vocaciones y atraer el ánimo de los jóvenes hacia el sacerdocio con su vida humilde, laboriosa y amable (Cfr. Optatam totius, n° 2).

La vocación sacerdotal es un don que nace de la iniciativa de Dios, es un don de la caridad de Dios. Un don para la Iglesia, un bien para su vida y misión. No es una carrera o profesión, nuestros seminaristas no se gradúan de curas, sino que se consagran sacerdotes. Por eso, la Iglesia está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo, aun en las dificultades y crisis. Solamente sobre esta convicción la diócesis procurará un estímulo eficaz de fomento y ayuda en las familias y diversos integrantes y miembros de la comunidad cristiana, orando al Dueño de la mies (Mt 9, 38) (espiritualidad), conociendo la enseñanza de la Iglesia (teología) y promoviendo espacios, grupos y movimientos vocacionales (pedagogía).

Fomentar y apoyar las vocaciones, al Seminario y sus seminaristas se traduce en hechos concretos que empiezan por “una clara conciencia y madurez eclesial”, se habla de “cultura vocacional”, se “acompaña y ayuda” en sus necesidades al Seminario y sus miembros. Hoy más que nunca debemos “volver la mirada” a nuestra casa de formación, sin prejuicios e indiferencias, sin tensiones. Mirarla con amor, con la ternura de Dios, con confianza; mirarla con los mismos ojos que vemos a nuestra familia, para gozarnos siempre en sus alegrías y anécdotas, para llorar con sus dificultades, pero, sobre todo, para cuidarla, protegerla y saber defenderla porque nos pertenece.

Fomentar implica, también, mantener el don del Seminario entre nosotros, con la “mirada” puesta en el valor que ha tenido para la Iglesia toda, especialmente para nuestra Diócesis, lo que hemos llamado el sueño de Mons. Ramírez, la obra de Mons. Padrón y la prioridad pastoral de Mons. Enrique.

5.      RELANZAR LA VISIÓN Y MISIÓN.

 El Seminario, su historia, su “hoy” es, sin duda, un motivo claro de la necesidad urgente que tienen nuestras comunidades de testigos fieles, animación evangélica concreta y eficaz, que suscite vocaciones. Su “hoy” es un motivo también para relanzar la visión y misión del Seminario, aprendiendo a mirar el pasado y el presente con agradecimiento y soñar en un futuro con optimismo.

Los pesimismos en nada ayudan, no contribuyen, sino que se convierten en obstáculos y tensiones y se materializan en falsos criterios, infecundos por sí mismos. El “hoy” de la formación exige mayor compromiso, “conversión pastoral” de cuantos tienen la extraordinaria misión de configurar a los jóvenes con Cristo buen pastor. Nadie tiene derecho de “jugar” con esta misión primaria de la Iglesia.

Relanzar la visión y misión del Seminario no consiste en un espíritu reformista, sino en esa actitud de tomar conciencia que esta misión nos apremia. Es dar a conocer el Seminario más allá de su zona geográfica y, sobre todo, no dejar de formar bien a los futuros pastores. Que a lo interno se viva con deseo e ilusión lo que es el Seminario; en un clima profundamente evangélico, que se conozca bien y ame el carisma del sacerdote diocesano y la vida ejemplar de san Pablo, Apóstol; que se esté siempre en actitud de acogida y fraternidad; y a lo externo, que el Seminario palpite con mayor intensidad, pero sin arritmias, como el “Corazón de la Diócesis”, que sea el tesoro precioso escondido en el campo, que no sea una diana llena de dardos, sino el lugar donde todos quieren estar, a donde todos quieran ir y la comunidad que todos quieren conocer y ayudar; una comunidad que esté siempre con las puertas abiertas.

Esto se hace visible en esta triple dimensión de la cultura vocacional: es necesario crear incentivos de oración: horas santas, encuentros, eucaristías, celebraciones, retiros; una pedagogía catequética propia: catequesis vocacionales, convivencias, etc., acciones concretas, visibles, con objetivos específicos que definan la intensionalidad.

6.      NUESTRO CARISMA Y ESPIRITUALIDAD.

El Sacerdote Diocesano o secular es un ministro, formado en el Seminario mayor, ordenado al servicio de su Diócesis; se incardina a su Iglesia local bajo el pastoreo de su ordinario, el Obispo, y se inserta a un presbiterio, conformado por el resto de sus hermanos sacerdotes, de modo estable. Su carisma es el de Jesús Buen Pastor, que da su vida por las ovejas (Cfr. Jn 10) y su espiritualidad se fundamenta en la Caridad Pastoral; una unida a la otra en cuanto a que la caridad pastoral es aquella virtud con la que se imita a Cristo buen pastor. La espiritualidad sacerdotal es la vida de Cristo Sumo y Eterno sacerdote y Buen Pastor.

El sacerdote diocesano está al servicio de todas las vocaciones y carismas, como servicio de comunión, armonía y unidad. Por ello se habla de “diocesaneidad” o de “espiritualidad diocesana”, que es la inserción de la propia vocación y carisma, en el aquí y ahora de la realidad de la Iglesia particular.

7.      SAN PABLO, APÓSTOL, NUESTRO PATRONO.

Las fuentes fundamentales acerca de la vida de San Pablo pertenecen todas al Nuevo Testamento: los Hechos de los Apóstoles y las catorce Epístolas que se le atribuyen, dirigidas a diversas comunidades cristianas. Saulo (tal era su nombre hebreo) nació en Tarso de Cilicia en el seno de una familia acomodada de artesanos, judíos fariseos de cultura helenística que poseían el estatuto jurídico de ciudadanos romanos. Después de los estudios habituales en la comunidad hebraica del lugar, Saulo fue enviado a Jerusalén para continuarlos en la escuela de los mejores doctores de la Ley, en especial en la del famoso rabino Gamaliel. Adquirió así una sólida formación teológica, filosófica, jurídica, mercantil y lingüística (hablaba griego, latín, hebreo y arameo).

La conversión: los jefes de los sacerdotes de Israel le confiaron la misión de buscar y hacer detener a los partidarios de Jesús en Damasco. Pero de camino a esta ciudad, Saulo fue objeto de un modo inesperado de una manifestación prodigiosa del poder divino: deslumbrado por una misteriosa luz, arrojado a tierra y cegado, se volvió a levantar convertido ya a la fe de Jesucristo (36 d. C.). Según el relato de los Hechos de los Apóstoles y de varias de las epístolas del propio Pablo, el mismo Jesús se le apareció, le reprochó su conducta y lo llamó a convertirse en el apóstol de los gentiles (es decir, de los no judíos) y a predicar entre ellos su palabra.

Sus viajes: en compañía de San Bernabé, San Pablo inició desde Antioquía el primero de sus viajes misioneros, que lo llevó en el año 46 a Chipre y luego a diversas localidades del Asia Menor. Creó centros cristianos en Perge (Panfília), en Antioquía de Pysidia, en Listra, Iconio y Derbe de Licaonia. El éxito fue notable; pero también fueron numerosas las dificultades. En Listra escapó de la muerte sólo porque sus lapidadores creyeron erróneamente que ya había muerto. Entre el primer y el segundo viaje, San Pablo residió algún tiempo en Antioquía (49-50 d. C.), desde donde marchó a Jerusalén para asistir al llamado "Concilio de los Apóstoles".

El segundo viaje evangélico (50-53) comprendió la visita a las comunidades cristianas de Anatolia, fundadas unos años antes; luego fue recorriendo parte de la Galatia propiamente dicha, visitó algunas ciudades del Asia proconsular y marchó después a Macedonia y Acaya. La evangelización se hizo particularmente patente en Filippos, Tesalónica, Berea y Corinto. También Atenas fue visitada por San Pablo, quien pronunció allí el famoso discurso del Areópago, en el que combatió la filosofía estoica. El resultado, desde el punto de vista evangelizador, fue más bien exiguo. Durante su estancia en Corinto, donde estuvo en contacto con el gobernador de la provincia, Gallón (hermano de Séneca), inició al parecer San Pablo su actividad como escritor, enviando la primera y segunda Epístola a los tesalonicenses, en las que ilustra a los fieles acerca de la parusía o segunda venida de Cristo y de la resurrección de la carne.

El tercer viaje (53-54-58) se inició con la visita a las comunidades del Asia Menor y continuó también por Macedonia y Acaya, donde San Pablo Apóstol estuvo tres meses. Pero como centro principal fue escogida la gran ciudad de Éfeso. Allí permaneció durante casi tres años, trabajando con un grupo de colaboradores en la ciudad y su región, especialmente en las localidades del valle del Lico.

De los años 61 a 63 vivió San Pablo en Roma, parte en prisión y parte en una especie de libertad condicional y vigilada, en una casa particular. En el transcurso de este primer cautiverio romano escribió por lo menos tres de sus cartas: la Epístola a los efesios, la Epístola a los colosenses y la Epístola a Filemón. En el año 66, cuando se encontraba probablemente en la Tréade, San Pablo fue nuevamente detenido por denuncia de un falso hermano. Desde Roma escribió la más conmovedora de sus cartas, la segunda Epístola a Timoteo, en la que expresa su único deseo: sufrir por Cristo y dar junto a Él su vida por la Iglesia. Encerrado en horrenda cárcel, vivió los últimos meses de su existencia iluminado solamente por esta esperanza sobrenatural. Se sintió humanamente abandonado por todos. En circunstancias que han quedado bastante oscuras, fue condenado a muerte; según la tradición, como era ciudadano romano, fue decapitado con la espada. Ello ocurrió probablemente en el año 67 d. C., no lejos de la carretera que conduce de Roma a Ostia. Según una tradición atendible, la abadía de las Tres Fontanas ocupa exactamente el lugar de la decapitación.