viernes, 16 de diciembre de 2016

UNA TRISTE FELIZ NAVIDAD

UNA TRISTE FELIZ NAVIDAD

Pbro. Antony Josué Pérez
16 de Diciembre de 2016

Quiero dejar, por ahora, este artículo inspirado en el contexto que estamos viviendo; la Navidad es un tiempo hermosísimo, lo esperan todos, sobre todos los niños. En la familia nos enseñaron, como en la Iglesia, que el centro de estos días es el Misterio del Nacimiento de Jesús; como celebramos el cumpleaños de nuestros padres, hermanos y demás familiares, la humanidad cristiana también celebra, y con razones de sobra, el nacimiento de Su Señor y Salvador.

A lo largo del tiempo aprendimos, tocados por la experiencia del mismo Jesús, a compartir, perdonarnos, reconciliarnos y permanecer unidos en torno a la alegría de la fiesta, de los regalos y el compartir. Particularmente Venezuela celebra la Navidad con un toque de idiosincrasia estupendo, que marca la esencia del ser venezolano. Aprendimos a no escatimar esfuerzos para compartir nuestros bienes con todos; realmente nos enseñaron a ser hermanos.

Desde que el Enemigo de la Fe abiertamente arremetió contra nuestro País, los ánimos y las ganas de celebrar estas fechas se apaciguaron. La sociedad se fue volviendo vacía, consumista y frívola. Parece que se fue perdiendo el verdadero sentido de la Navidad. La situación actual hizo que, empobrecidos cayéramos en la tentación de ser mezquinos para sobrevivir. Tentación que no deja de ser, paradójicamente, una gran oportunidad para compartir y dar hasta que nos duela: hacer verdadera caridad.

Los hogares y las familias en su mayoría se encuentran dispersas, divididas y sin mucho ánimo de “hacer en navidad como se hacía antes”. Las posibilidades económicas son fatales para la gran mayoría de los venezolanos. A muchos faltará el regalo de esta Navidad y la cena de fin de año; precisamente porque los pobres son más pobres y la clase media está en agonía. El tiempo de Navidad nos lo están robando las pasiones e intereses de un movimiento nefastamente ateo y contra eclesial, enemigo de la fe.

Sin embargo, sostenidos en la fe que nuestros padres nos transmitieron con tanto celo, que es la fe de la Iglesia, la fe que nos gloriamos de profesar, estamos llamados a no dejarnos robar la Navidad y la esperanza en estos duros momentos. Que no se nos olvide que el que viene es el Señor; él puede hacer luz de las tinieblas y llenar de gozo a la humanidad, cual Niño que viene a llenar de sonrisas a la madre, aun en su pobreza.


Sólo nos queda rezar. Amén.

viernes, 2 de diciembre de 2016

VENEZUELA, ENTRE LA IDOLATRÍA Y LA PENITENCIA

VENEZUELA, ENTRE LA IDOLATRÍA Y LA PENITENCIA

Pbro. Antony Josué Pérez
02 de Diciembre de 2016

El proceso de consolidación de nuestro País, con sus luchas, éxitos, caídas y libertades, hizo de nuestro pueblo la República de la que hemos disfrutado hasta hoy. La fuerza del Evangelio ha sido germen y semilla de innumerables historias cargadas de fe que han permitido que Venezuela esté consagrada al Santísimo Sacramento (2 de Julio de 1899) como una manifestación preclara de que “somos el pueblo de Dios” (Cfr. Jer 32, 38).

Esto da testimonio de la larga tradición cristiana de los venezolanos; es propia la devoción silenciosa y popular de nuestro pueblo. La Iglesia ha sido Madre solícita y sus pastores, apóstoles, testigos y actores de cómo la fe se ha ido transmitiendo en las familias y en cada rincón de esta Patria que ama solícitamente a María, la Madre del Señor, y mira en los santos, lo que realmente son, modelos de fe.

La combinación de los deberes religiosos y ciudadanos hicieron de los hombres y mujeres de este pueblo humildes luchadores por mantener la fe, la educación, el respeto, la solidaridad y muchas otras innumerables bondades que le son características a los que nacieron bañados del tricolor. Esto alcanzó el reconocimiento del mundo y dispuso los ambientes para acoger a tantos que en Venezuela progresaron, hicieron familia y, junto con nosotros, aprendieron a valorar esta tierra tan rica y bendecida por Dios.

Por eso, son muchos los libros que se pueden imprimir sobre las bondades de este País y de su gente, de hecho los hay. Venezuela es un gran País. Sin embargo, hoy “sobrevive en medio de profundas y rápidas transformaciones... que a decir de la Conferencia Episcopal Venezolana en la exhortación “El Señor ama al que busca la justicia” (2016), sufre una profunda crisis en lo moral, social, político y económico; una situación que para todos es evidente y real, una crisis que todos padecemos, un flagelo que pudimos haber prevenido con sensatez...” (Discurso, 226 aniversarios de Barrancas del Orinoco, 24 de Octubre de 2016). Sin intensión de buscar culpables, parece que las causas no son sólo nuestro error, existen sospechas de fuentes sombrías que se deben afrontar con la plena convicción de la Fe. De esta última idea estoy convencido. No pueden ser sólo las pasiones individuales de algunos o hasta de las mayorías las que provoquen tanto mal. A esto se suma una clara incidencia del verdadero Mal; a esto me refiero al hablar de fuentes sombrías.

Es lógico que el pueblo se sienta abatido en estas horas. El enemigo de la Fe no nos perdona que hayamos consagrado nuestro País al Santísimo Sacramento y que seamos una de las excepciones donde personalmente ha querido venir a traer el mensaje de la salvación la Madre de Dios, María de Coromoto. Por eso, se ha valido de las debilidades sociales y políticas para enfrentarnos unos con otros, causando odio y división. Si esto es considerado prueba de Dios, tendría mis reservas; Dios no prueba de esta manera aunque no deja de sacar de las crisis frutos de salvación. Solo quien causa odio y división es Satanás. Él es el verdadero enemigo de la Fe y de la Patria, que sabe seducir magistralmente, engaña y confunde. Si lo intentó con el Señor en el desierto (Cfr. Mt 4, 1-10) ni pensemos qué puede hacer con nosotros que podemos dejarnos zarandear fácilmente por cualquier viento de doctrina.

Por eso, no dudaría en afirmar que otra de las causas de nuestras calamidades es la idolatría. Es preocupante la distancia que hoy existe entre la fe cristiana y un gran número de nuestros conciudadanos que han optado por movimientos pseudoreligiosos, esotéricos, de brujería y santería, ideológicos y de poder; simplemente estos caminos son incorrectos, no nos llevan a Dios. La idolatría hoy se traduce en Venezuela en el culto a la personalidad, en el fanatismo político, en el consumismo exacerbado, aun en la evidente crisis; en la renuncia a los principios morales y éticos que ocasiona una grave transgresión a los mandamientos de la ley de Dios, a la caridad y la dignidad de la persona; en la profunda corrupción, que no es otra cosa que idolatría al dinero y al poder; el odio entre hermanos, las divisiones y la muerte. Esto es idolatría porque se opone totalmente al plan de salvación de nuestro Señor y a Dios mismo.

Para recuperar la imagen primigenia de nuestra nación volvamos la mirada a las Sagradas Escrituras. Pensemos en Nínive, la gran ciudad (Jon 3, 1-10), que se arrepintió, se convirtió e hizo penitencia: “Los habitantes de la ciudad, grandes y pequeños, creyeron en Dios” (Jon 3, 5). Nuestra penitencia debe comenzar por dejar de lado la soberbia y poder reconocer con humildad que nos hemos desviado del camino que el Señor desde antiguo nos ha mostrado. Hoy es evidente que cuesta mucho sentarse a concretar acuerdos que salven a este deteriorado País, pues, la penitencia consiste en hacer, aunque cueste de una y otra parte, lo necesario, aunque eso suponga sacrificios. Penitencia es sustituir la crisis generalizada por un proyecto que vaya más allá de lo político; un proyecto personal que nos salve verdaderamente, que no es otra cosa que decir con la Iglesia: Creo en Dios Padre Todopoderoso, creador del cielo y de la Tierra. Creo en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor... Creo en el Espíritu Santo. Amén.


Que el auxilio de nuestra Madre María de Coromoto nos sostenga en la misericordia de su Hijo, nuestro Señor, para que las preocupaciones de esta vida no nos aparten de los bienes eternos. Amén.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

EL SEMINARIO, CORAZÓN DE LA DIÓCESIS


“EL SEMINARIO, CORAZÓN DE LA DIÓCESIS”

Pbro. Antony Josué Pérez


1.      INTRODUCCIÓN.

En el marco de los XX aniversario de fundación de nuestro Seminario Mayor “San Pablo, Apóstol” de Maturín, la Iglesia local está invitada a “volver una mirada especial” al “Corazón de la Diócesis”; por lo que significa en sí mismo y por lo que representan estos largos veinte años formando a los pastores y futuros pastores al estilo de Jesús buen pastor.

Es un tiempo propicio para “conocer”, “amar” y “apoyar” a esta comunidad discipular de formación sacerdotal que nació y ha crecido en las entrañas de nuestro estado, dando vida y alegría a las comunidades y promoviendo la vocación entre los jóvenes. Es, además, un tiempo para “orar” y “promover” la vocación al ministerio sacerdotal en nuestra Diócesis: necesitamos sacerdotes y sostener con la oración a los consagrados. Y un tiempo adecuado para evaluar y relanzar nuestra visión y misión. Crear así la cultura vocacional en la espiritualidad, teología y pedagogía del llamado.

2.      EL SEMINARIO.

El Seminario mayor es necesario para la formación sacerdotal. Toda la educación de los alumnos en ellos debe tender a que se formen verdaderos pastores de almas a ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, maestro, sacerdote y Pastor (Cfr. Optatam totius, n° 4). Por tanto, el Seminario, como Corazón de la Diócesis (Cfr. Optatam totius, n° 5) es un tiempo de camino significativo en la vida de un discípulo de Jesús, destinado a la formación y al discernimiento, un tiempo de preparación para la misión… una comunidad en camino (Cfr. Benedicto XVI).

Para los obispos, el Seminario es la institución primaria de la diócesis (Directorio para el ministerio de los obispo, IV, n° 5) y constituyen para éste, su primer formador. El Concilio Vaticano II en el Decreto sobre la formación sacerdotal Optatam totius, destaca la importancia del Seminario para la vida de las parroquias y el afecto y apoyo que ha de recibir de toda la comunidad diocesana.

Junto a la preocupación por el seminario y los seminaristas, todos los sacerdotes y demás responsables de pastoral, catequistas, agentes, etc., han de motivarse seriamente a permanecer atentos a los jóvenes y a los niños que se plantean la vocación sacerdotal. Ello estimula a preguntarse siempre: ¿Qué estoy haciendo para promover las vocaciones?

El Seminario no procura ser una institución aburguesada, escondida, cerrada, invisible, desconocida, sino una comunidad de discípulos sencilla, abierta a todos, una luz a lo alto de la montaña, visible, acogedora, conocida y amada por todos: sus formadores, seminaristas, profesores, sacerdotes, amigos, fieles en general. Por eso, debe hacerse un gran esfuerzo por mantener el aspecto familiar, profundamente sacerdotal y fraternal de esta comunidad a la que debemos mucho.

La identidad profunda del Seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia, de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús. Es una experiencia original de la vida de la Iglesia. Una comunidad estructurada por una profunda amistad y caridad, que pueda ser considerada una verdadera familia que vive en la alegría. Es una comunidad eclesial educativa, intensamente dedicada a la formación humana, espiritual, intelectual y pastoral de los futuros presbíteros (Cfr. Pastores dabo vobis, n° 60-61).

3.      NUESTRA HISTORIA.

El Seminario Mayor San Pablo, Apóstol, se regocija en aquellos que han sido protagonistas en la realización de este sueño; que tuvo sus inicios en 1958, en el pensamiento del primer Obispo de ésta Diócesis, S.E.R. Mons. Antonio José Salaverría.

Fue en 1995, con el proceso de Renovación de la Diócesis, y por la necesidad de formación, que el 2do. Obispo, S.E.R. Mons. Diego Rafael Padrón, hizo esfuerzos por crear un seminario, consolidarlo como institución y en una sede segura y propia. Comenzó siendo una pequeña casa ubicada en el sector “Barrio Obrero” de Maturín, y para ese entonces, contaba con 13 seminaristas.

En 1996, estos jóvenes son trasladados a otra casa ubicada en la Calle Monagas, (actualmente la Curia Diocesana). En esta sencilla casa, los jóvenes fueron creciendo como comunidad cristiana y como futuros sacerdotes de Monagas. Un camino de altos y bajos que permitieron consolidar la estructura actual de nuestro seminario. Y el primer grupo de discípulos. No fue fácil; dificultades, desvelos, sacrificios, pero con una firme convicción de fe, enamorados de Dios, guiados por María Santísima y el ejemplo insigne del Apóstol San Pablo nuestro patrono, entregados a la Iglesia, apostaron el todo por el todo.

En el año 1997, en terreno que es de la Iglesia, adquirido por compras desde hace varias décadas, se construye la sede actual del Seminario Mayor, en honor a San Pablo, Apóstol de los gentiles. Dicha sede del Seminario, se localiza en el sector El Silencio de Campo Alegre, hacia el este de la Ciudad. Para su fundación, en 1995, Monseñor Diego Padrón nombró al primer Rector, el Pbro. Miguel Febres y los asistentes Diác. Napoleón Rocca y Carlos Díaz. Sucediéndoles en la dirección de esta casa: Pbro. Eduardo Campagnolo, Pbro. Gustavo Ulloa, Pbro. Jacinto Robles, y actualmente Pbro. Doménico Deciderio, con la asistencia reconocida del Pbro. José G. Álvarez, Pbro. Aníbal Parra, Pbro. David Vásquez, Pbro. Jesús Echezuría y el Pbro. Antony Josué Pérez.

Los estudios tienen una duración de 8 años. Comienza con un primer año de Propedéutico o Introductorio, luego 3 años dedicados al estudio de la Filosofía, y luego 4 años a la profundización de la Teología. En el cuerpo de profesores se cuentan con eminentes pedagogos de la Universidad de Oriente y de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador, así como también, algunos sacerdotes de esta Diócesis. De allí la preocupación de Mons. Diego Padrón por su establecimiento y consolidación para forjar nuevos ministros del Señor, que puedan con propiedad, ocuparse de la enseñanza religiosa, de la divulgación de la Fe Católica, de la expansión del Reino de Dios.

Los seminaristas realizan formación pastoral en pleno contacto con la gente, a los requerimientos y necesidades de la población. Los fines de semana asisten a algunas parroquias y pastorales de la Diócesis y últimamente se han dedicado al trabajo catequético de la comunidad circundante.

De esta casa de formación han egresado más de 28 sacerdotes nativos del estado Monagas, ordenados por el tercer y actual Obispo de nuestra Diócesis Mons. Enrique Pérez Lavado. Actualmente se preparan 15 seminaristas de las Diócesis Maturín, más la misma ha servido en la formación de los candidatos de Diócesis hermanas tales como: Trujillo, Valle de la Pascua, Calabozo, Acarigua Araure, Carúpano, Margarita y Barcelona.

Toda esta gran obra ha sido y será gracias a la participación y entrega de muchos rostros, que con sus oraciones, consejos, ánimo y aporte material han dado el todo por el todo sabiendo que no hay don más grande después del bautismo que el Orden Sacerdotal, un tesoro que se lleva en vasijas de barro.

4.      FOMENTAR Y APOYAR LAS VOCACIONES.

La Iglesia nos enseña que el deber de fomentar las vocaciones pertenece a toda la comunidad de los fieles, que debe procurarlo. Los sacerdotes deben mostrar un grandísimo celo apostólico por el fomento de las vocaciones y atraer el ánimo de los jóvenes hacia el sacerdocio con su vida humilde, laboriosa y amable (Cfr. Optatam totius, n° 2).

La vocación sacerdotal es un don que nace de la iniciativa de Dios, es un don de la caridad de Dios. Un don para la Iglesia, un bien para su vida y misión. No es una carrera o profesión, nuestros seminaristas no se gradúan de curas, sino que se consagran sacerdotes. Por eso, la Iglesia está llamada a custodiar este don, a estimarlo y amarlo, aun en las dificultades y crisis. Solamente sobre esta convicción la diócesis procurará un estímulo eficaz de fomento y ayuda en las familias y diversos integrantes y miembros de la comunidad cristiana, orando al Dueño de la mies (Mt 9, 38) (espiritualidad), conociendo la enseñanza de la Iglesia (teología) y promoviendo espacios, grupos y movimientos vocacionales (pedagogía).

Fomentar y apoyar las vocaciones, al Seminario y sus seminaristas se traduce en hechos concretos que empiezan por “una clara conciencia y madurez eclesial”, se habla de “cultura vocacional”, se “acompaña y ayuda” en sus necesidades al Seminario y sus miembros. Hoy más que nunca debemos “volver la mirada” a nuestra casa de formación, sin prejuicios e indiferencias, sin tensiones. Mirarla con amor, con la ternura de Dios, con confianza; mirarla con los mismos ojos que vemos a nuestra familia, para gozarnos siempre en sus alegrías y anécdotas, para llorar con sus dificultades, pero, sobre todo, para cuidarla, protegerla y saber defenderla porque nos pertenece.

Fomentar implica, también, mantener el don del Seminario entre nosotros, con la “mirada” puesta en el valor que ha tenido para la Iglesia toda, especialmente para nuestra Diócesis, lo que hemos llamado el sueño de Mons. Ramírez, la obra de Mons. Padrón y la prioridad pastoral de Mons. Enrique.

5.      RELANZAR LA VISIÓN Y MISIÓN.

 El Seminario, su historia, su “hoy” es, sin duda, un motivo claro de la necesidad urgente que tienen nuestras comunidades de testigos fieles, animación evangélica concreta y eficaz, que suscite vocaciones. Su “hoy” es un motivo también para relanzar la visión y misión del Seminario, aprendiendo a mirar el pasado y el presente con agradecimiento y soñar en un futuro con optimismo.

Los pesimismos en nada ayudan, no contribuyen, sino que se convierten en obstáculos y tensiones y se materializan en falsos criterios, infecundos por sí mismos. El “hoy” de la formación exige mayor compromiso, “conversión pastoral” de cuantos tienen la extraordinaria misión de configurar a los jóvenes con Cristo buen pastor. Nadie tiene derecho de “jugar” con esta misión primaria de la Iglesia.

Relanzar la visión y misión del Seminario no consiste en un espíritu reformista, sino en esa actitud de tomar conciencia que esta misión nos apremia. Es dar a conocer el Seminario más allá de su zona geográfica y, sobre todo, no dejar de formar bien a los futuros pastores. Que a lo interno se viva con deseo e ilusión lo que es el Seminario; en un clima profundamente evangélico, que se conozca bien y ame el carisma del sacerdote diocesano y la vida ejemplar de san Pablo, Apóstol; que se esté siempre en actitud de acogida y fraternidad; y a lo externo, que el Seminario palpite con mayor intensidad, pero sin arritmias, como el “Corazón de la Diócesis”, que sea el tesoro precioso escondido en el campo, que no sea una diana llena de dardos, sino el lugar donde todos quieren estar, a donde todos quieran ir y la comunidad que todos quieren conocer y ayudar; una comunidad que esté siempre con las puertas abiertas.

Esto se hace visible en esta triple dimensión de la cultura vocacional: es necesario crear incentivos de oración: horas santas, encuentros, eucaristías, celebraciones, retiros; una pedagogía catequética propia: catequesis vocacionales, convivencias, etc., acciones concretas, visibles, con objetivos específicos que definan la intensionalidad.

6.      NUESTRO CARISMA Y ESPIRITUALIDAD.

El Sacerdote Diocesano o secular es un ministro, formado en el Seminario mayor, ordenado al servicio de su Diócesis; se incardina a su Iglesia local bajo el pastoreo de su ordinario, el Obispo, y se inserta a un presbiterio, conformado por el resto de sus hermanos sacerdotes, de modo estable. Su carisma es el de Jesús Buen Pastor, que da su vida por las ovejas (Cfr. Jn 10) y su espiritualidad se fundamenta en la Caridad Pastoral; una unida a la otra en cuanto a que la caridad pastoral es aquella virtud con la que se imita a Cristo buen pastor. La espiritualidad sacerdotal es la vida de Cristo Sumo y Eterno sacerdote y Buen Pastor.

El sacerdote diocesano está al servicio de todas las vocaciones y carismas, como servicio de comunión, armonía y unidad. Por ello se habla de “diocesaneidad” o de “espiritualidad diocesana”, que es la inserción de la propia vocación y carisma, en el aquí y ahora de la realidad de la Iglesia particular.

7.      SAN PABLO, APÓSTOL, NUESTRO PATRONO.

Las fuentes fundamentales acerca de la vida de San Pablo pertenecen todas al Nuevo Testamento: los Hechos de los Apóstoles y las catorce Epístolas que se le atribuyen, dirigidas a diversas comunidades cristianas. Saulo (tal era su nombre hebreo) nació en Tarso de Cilicia en el seno de una familia acomodada de artesanos, judíos fariseos de cultura helenística que poseían el estatuto jurídico de ciudadanos romanos. Después de los estudios habituales en la comunidad hebraica del lugar, Saulo fue enviado a Jerusalén para continuarlos en la escuela de los mejores doctores de la Ley, en especial en la del famoso rabino Gamaliel. Adquirió así una sólida formación teológica, filosófica, jurídica, mercantil y lingüística (hablaba griego, latín, hebreo y arameo).

La conversión: los jefes de los sacerdotes de Israel le confiaron la misión de buscar y hacer detener a los partidarios de Jesús en Damasco. Pero de camino a esta ciudad, Saulo fue objeto de un modo inesperado de una manifestación prodigiosa del poder divino: deslumbrado por una misteriosa luz, arrojado a tierra y cegado, se volvió a levantar convertido ya a la fe de Jesucristo (36 d. C.). Según el relato de los Hechos de los Apóstoles y de varias de las epístolas del propio Pablo, el mismo Jesús se le apareció, le reprochó su conducta y lo llamó a convertirse en el apóstol de los gentiles (es decir, de los no judíos) y a predicar entre ellos su palabra.

Sus viajes: en compañía de San Bernabé, San Pablo inició desde Antioquía el primero de sus viajes misioneros, que lo llevó en el año 46 a Chipre y luego a diversas localidades del Asia Menor. Creó centros cristianos en Perge (Panfília), en Antioquía de Pysidia, en Listra, Iconio y Derbe de Licaonia. El éxito fue notable; pero también fueron numerosas las dificultades. En Listra escapó de la muerte sólo porque sus lapidadores creyeron erróneamente que ya había muerto. Entre el primer y el segundo viaje, San Pablo residió algún tiempo en Antioquía (49-50 d. C.), desde donde marchó a Jerusalén para asistir al llamado "Concilio de los Apóstoles".

El segundo viaje evangélico (50-53) comprendió la visita a las comunidades cristianas de Anatolia, fundadas unos años antes; luego fue recorriendo parte de la Galatia propiamente dicha, visitó algunas ciudades del Asia proconsular y marchó después a Macedonia y Acaya. La evangelización se hizo particularmente patente en Filippos, Tesalónica, Berea y Corinto. También Atenas fue visitada por San Pablo, quien pronunció allí el famoso discurso del Areópago, en el que combatió la filosofía estoica. El resultado, desde el punto de vista evangelizador, fue más bien exiguo. Durante su estancia en Corinto, donde estuvo en contacto con el gobernador de la provincia, Gallón (hermano de Séneca), inició al parecer San Pablo su actividad como escritor, enviando la primera y segunda Epístola a los tesalonicenses, en las que ilustra a los fieles acerca de la parusía o segunda venida de Cristo y de la resurrección de la carne.

El tercer viaje (53-54-58) se inició con la visita a las comunidades del Asia Menor y continuó también por Macedonia y Acaya, donde San Pablo Apóstol estuvo tres meses. Pero como centro principal fue escogida la gran ciudad de Éfeso. Allí permaneció durante casi tres años, trabajando con un grupo de colaboradores en la ciudad y su región, especialmente en las localidades del valle del Lico.

De los años 61 a 63 vivió San Pablo en Roma, parte en prisión y parte en una especie de libertad condicional y vigilada, en una casa particular. En el transcurso de este primer cautiverio romano escribió por lo menos tres de sus cartas: la Epístola a los efesios, la Epístola a los colosenses y la Epístola a Filemón. En el año 66, cuando se encontraba probablemente en la Tréade, San Pablo fue nuevamente detenido por denuncia de un falso hermano. Desde Roma escribió la más conmovedora de sus cartas, la segunda Epístola a Timoteo, en la que expresa su único deseo: sufrir por Cristo y dar junto a Él su vida por la Iglesia. Encerrado en horrenda cárcel, vivió los últimos meses de su existencia iluminado solamente por esta esperanza sobrenatural. Se sintió humanamente abandonado por todos. En circunstancias que han quedado bastante oscuras, fue condenado a muerte; según la tradición, como era ciudadano romano, fue decapitado con la espada. Ello ocurrió probablemente en el año 67 d. C., no lejos de la carretera que conduce de Roma a Ostia. Según una tradición atendible, la abadía de las Tres Fontanas ocupa exactamente el lugar de la decapitación.


sábado, 26 de noviembre de 2016

UNA SEMBLANZA SOBRE LA LITURGIA

         UNA SEMBLANZA SOBRE LA LITURGIA.
Pbro. Antony Josue Pérez

La Liturgia en la Iglesia es el medio por el cual se ejerce la obra de nuestra Redención, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía. Por tanto, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica. En efecto, la Liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo es fuente de donde mana toda su fuerza (Cfr. Sacrosanctum concilium, 2, 7, 10).

Por eso, la “educación litúrgica” supone, sobre todo para los candidatos al sacerdocio y para los sacerdotes, un camino pedagógico que les inserte la vida misma en el misterio pascual de Cristo, que les adhiera a la comunión, don y fruto de los Sacramentos. La santificación de las horas y la celebración del memorial aunque no agota las actividades del Seminario sí que tienen un lugar principal, que hace a la comunidad discipular una comunidad litúrgica. Por eso el Pastor, especialmente el Obispo, en su condición de ministro de las cosas sagradas, es ante todo, ministro del Sacrificio de la Misa (Cfr. PDV, 48), ministro ordinario de los Sacramentos y liturgo por excelencia (Cfr. Sacramentum caritatis, 39).

En nuestra pequeña comunidad cristiana como seminario sacerdotal y discipular se subraya la primacía de la acción litúrgica. Por tanto, no se puede tener como menos en la espiritualidad del candidato y los consagrados; no pueden separarse —espiritualidad y Liturgia—, ambas se informan, se comunican. Ello supone una correcta educación y un adecuado ejercicio de lo que significan las celebraciones y encuentros, especialmente la Eucaristía. El Seminario es, en su núcleo, formación litúrgica; una casa de amplia formación cultural que implica una estrecha relación con los diversos talentos humanos complementados entre sí y que exige una respuesta. De esta realidad activa —litúrgica— se ha de difundir, como aroma suave, la alegría en la comunidad. Cuando la liturgia es el centro de la vida puede transformarse y superar la carga del día; así nos hallamos en el ámbito de la exhortación paulina: “estén siempre alegres” (Flp 4, 4). Desde esta experiencia los seminaristas y sacerdotes serán “cooperadores de la alegría” (Cfr. 2Cor 1, 24). (Cfr. Ratzinger J. “Un canto nuevo para el Señor”, SÍGUEME)

Para ello es necesario retomar el estudio constante de los documentos de la Iglesia. Además, tener en cuenta una serie de disposiciones personales y comunitarias que aseguren la eficacia de la acción litúrgica: recta disposición de ánimo, consonancia entre el alma y la voz, el interior y la actitud y una profunda colaboración con la gracia divina, sin dejar de lado la indispensable observación de las leyes relativas a la celebración válida y lícita. La disposición interior no anula esta observación, ni el cuidado de las leyes perturba la disposición del alma; la adecuada observación no deja de ser un servicio al espíritu y a la imperiosa participación de los fieles para que sea consciente, activa y fructuosa (Cfr. Sacrosanctum concilium, 11).


No puede dejarse ver a la Liturgia como lo que es, cumbre y fuente, la acción del “Cristo total” (Christus totus) en la comunidad que celebra acompañada de las acciones, las palabras y los símbolos que son, a su vez, lenguaje y respuesta de fe (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1136. 1140. 1153) en la armonía de los signos (cantos, música, palabras y acciones).